En plena ola de gurús fraudulentos, pseudoterapias y teorías negacionistas, Nicole Kidman adapta una novela de Liane Moriarty que lanza sus dardos sobre el lado oscuro de la industria del bienestar y los falsos predicadores que abundan en sus catálogos. Desde la propia cabecera, Nine Perfect Strangers aplica el estándar ya conocido de Big Little Lies, la anterior colaboración entre la escritora y la actriz. Un escenario de lujo y gente que arrastra su mochila de infelicidad sobre la cilindrada de un Lamborghini. Nueve extraños se confinan en Tranquillum, un retiro consagrado a la dieta y a la sanación física y mental aislado en medio del bosque y gestionado por Masha/Kidman, una mentora de métodos oscuros que introduce el necesario ingrediente de suspense para que la historia pueda enganchar.
La serie expone lo fácil que es creer en patrañas sectarias que se propagan boca a boca. En un instante de lucidez, un personaje se pregunta «¿qué hacemos aquí?». Lo mismo le ocurre al espectador, que, al menos en los primeros episodios, no encuentra justificación para que un discurso tan vacuo como el que Kidman declama con fingido acento ruso pueda convertir a nadie en una lideresa espiritual. Nine Perfect Strangers tiene a su favor un gran reparto, que, en los capítulos estrenados hasta ahora, parece estar todavía por explotar.