Retroceso en dignidad

María José Imia PERIODISTA Y TÉCNICA EN IGUALDAD

OPINIÓN

Omar Sobhani | Reuters

26 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

En los últimos días asistimos impasibles a las noticias que nos llegan desde Afganistán. Noticias que nos hablan de hombres y mujeres que huyen de un régimen ya conocido al que temen por su virulencia y crueldad. Personas que pierden sus vidas intentando volar hacia la libertad que les da ser acogidas en otros países donde vivir sin miedo a represalias y castigos.

Crónicas que nos hablan de que las voces de las mujeres han sido silenciadas y ya no forman parte de la vida cotidiana del país. Mujeres que se esconden tras la indumentaria exigida por su cultura y religión y a las que no se les permite salir a la calle si no es acompañadas por un familiar varón.

Mujeres que se han formado, educado, que han desarrollado sus profesiones confiando en labrarse un futuro propio y que ahora se ven obligadas a encerrarse tras los muros de sus casas y someterse a unas leyes que las relega a un escalafón inferior al de meros objetos.

Mujeres que han luchado en los últimos años para reivindicar su derecho a una educación, a un trabajo, a unos puestos de responsabilidad. Son pretensiones que desgraciadamente nos resultan familiares aún en países más avanzados, pero que en naciones como Afganistán suponen mayores triunfos.

Durante muchos años, el trabajo de las mujeres y su contribución a la sociedad ha permanecido invisible y oscurecido. Muy grande ha sido el esfuerzo para que hoy se le dé valor, pese a que ellas representan casi el 50 % de la población mundial. Sin embargo, la consecución de sus derechos les ha supuesto una lucha titánica heredada por varias generaciones de luchadoras.

Las mujeres del mundo no podemos mirar hacia otro lado. Duele escuchar a una madre que prefiere que su hija tenga una muerte digna antes de que caiga en manos de los talibanes. ¿Qué futuro les espera a estas niñas? ¿Qué porvenir les aguarda a estas mujeres afganas educadas, formadas, profesionales en cada uno de sus campos que ahora se ven encerradas y silenciadas entre cuatro paredes? ¿Qué mañana podemos tener como sociedad que permite este retroceso en dignidad y derechos?

El mundo entero mira con expectación hacia Afganistán, a la espera de noticias de un régimen que todavía no ha dado pistas de cómo será su modo de gobernar. Algunos pueden aún huir y se agarran a la mínima posibilidad para escapar de su tierra, de su vida, obligados, llenos de miedo y pánico, a un éxodo de difícil retorno.

Y en ese futuro aún por definir, las mujeres que permanezcan allí están llamadas a soportar vejaciones, discriminaciones, violaciones, castigos, lapidaciones… solo por el simple hecho de ser mujer, la piedra angular de cualquier tipo de violencia contra el sexo femenino. ¿Se lo puede permitir la humanidad? ¿La sociedad puede retroceder tanto con un golpe tan seco a la raíz de su existencia y al futuro de su progreso? Y es que ya lo decía Karl Marx, «El progreso social puede ser medido por la posición social del sexo femenino», pero muchos todavía no quieren (o temen) ver esta realidad.