Aplicando el refrán de burro grande ande o no ande, la ponencia marco del 40 Congreso Federal del PSOE, que se celebrará del 15 al 17 de octubre, es un tocho de 304 páginas y 2.732 medidas, redactadas con esa jerga habitual de la política que va de la logomaquia desternillante de Cantinflas a la parte contratante de la primera parte de la genialidad de Groucho Marx. Un batiburrillo, en el que varios cientos de palabras (transversal, global, estratégico, prioritario, innovación, entre otras muchas) se repiten una y otra vez, e igual sirven para un descosido que sirven para un roto.
Ante tal verborrea, llama, sin embargo, profundamente la atención que el desafío político más importante que tenemos en España -el del secesionismo catalán- merezca menos de tres líneas. Y preocupa aún más, si cabe, lo que de ellas se deduce: «La España multinivel moderna es la que ofrece cauces democráticos de diálogo y pacto en el marco de la ley para dar salidas a situaciones como la de Cataluña, en clave de mayor profundización del Estado de las autonomías». Nada más. ¡Ni nada menos!
Nada menos, sí, porque el documento socialista, que utiliza el término multinivel con un significado asentado en la teoría federal -el referido a los niveles de poder territorial (local, regional, nacional) de los Estados descentralizados- nos lo cuela también para algo muy distinto: subrayar que la solución sanchista al desafío catalán (y a los similares que pudieran platearse o ya lo están) se abordará «en clave de mayor profundización» de la autonomía de cada territorio.
Dicho en román paladino: la España multinivel, basada en «la sensibilidad hacia sentimientos de pertenencia diversos», se traducirá en el establecimiento de diferentes niveles de autonomía, a favor de los separatistas que, ¡oh gran causalidad!, son ahora, y seguirán siendo previsiblemente en el futuro, los que permitirán a Sánchez gobernar, incluso si pierde las elecciones, siempre que la oposición no obtenga mayoría absoluta en el Congreso.
Esa nueva forma de caciquismo, en la que, como en el clientelismo de toda la vida, se intercambian influencias -en este caso poder en Madrid por poder y dinero en los territorios cuyos partidos gobernantes apoyan al PSOE- no solo impondrá con más fuerza que nunca la desigualdad entre las regiones que puedan condicionar con sus votos la gobernabilidad y las que no, sino que tenderá, por su propia naturaleza, a favorecer la aparición, o el fortalecimiento, bajo la bandera de entrar en la pillota, de partidos nacionalistas, en los lugares donde hoy no existen o son débiles.
No hay que ser un genio para darse cuenta de que tal dinámica infernal, marcada por la competencia de todos contra todos y por los agravios mutuos y generalizados, acabaría más pronto que tarde destrozando la unidad estatal y haciendo naufragar el proyecto de España en medio de un baño de egoísmo e insolidaridad que haría sencillamente imposible ese mutuo afecto territorial que mantiene vivos a los Estados nacionales.