Los grandes países de la Tierra, en vez de estar unidos armónica y solidariamente, siguen compareciendo como fragmentos de competencia y de discordia, y mantienen sus equilibrios en virtud de la historia que los fue forjando con el paso de los siglos.
Es sabido que Rusia, con sus 17 millones de kilómetros cuadrados, es el más extenso del planeta, pero solo el noveno en número de habitantes (144 millones), mientras que China, con 1.412 millones de nativos, suma la mayor cifra de población. EE.UU., con 9,52 millones de kilómetros cuadrados y 334.398.000 convecinos, figura como la primera potencia mundial. Y, sumados los países de la OTAN, su población superaría los 940 millones de habitantes. Unas cifras que sirven para hacerse una idea del actual orden del mundo en términos de población y poder. Sin dejar en el olvido a la India, con sus casi 1.400 millones de vecinos, pero con un peso político-militar muchísimo menor.
Son datos del mundo en el que vivimos, pero del que, en verdad, solo tenemos una información de sus cúpulas, porque del resto apenas se difunden noticias. La gran partida se juega, como corresponde, entre los grandes: EE.UU., China, Rusia y la Unión Europea, sin desdeñar los papeles de otros países como Japón o Indonesia.
Y todo esto sucede en un pequeño planeta llamado Tierra, probablemente con más líos internos de los convenientes. Porque del resto del universo sabemos lo que sabemos -es decir, cada vez más-, pero todavía no nos hemos tropezado con nada semejante. Cada vez percibimos o intuimos más cosas, pero nuestros conocimientos externos no han mejorado nuestros comportamientos internos, ni han incrementado la solidaridad entre los países de la Tierra.
Es como si el mundo exterior fuese literalmente una quimera, por más que ya sabemos de él muchas cosas que no siempre entendemos.
Por ejemplo, que el universo es homogéneo e isotrópico, que puede tener unos 14.000 millones de años y que la ciencia que lo estudia, la cosmología, todavía está en pañales…, mientras nosotros avanzamos en la nave del asombro, cada uno desde el estado, nación o país que le ha tocado en suerte.