¿Cuándo tiene que repetir un estudiante?
OPINIÓN
Las estadísticas indican que en España repiten cuatro alumnos de media por cada clase de treinta.
Ahora bien, hay que tener en cuenta que la repetición no es la causa de los males de la educación, sino su consecuencia. Cuando hablamos de fracaso escolar debemos ahondar en los problemas que subyacen en los alumnos que repiten.
Comencemos por decir que repetir no es siempre sinónimo de fracaso escolar. Hay cierto tipo de estudiantes que se benefician de esta medida. Concretamente, los que tienen problemas de base en sus conocimientos y los que no han desarrollado unas buenas estrategias de estudio. Estos alumnos encuentran en la repetición el impulso que necesitan para consolidar sus aprendizajes y adquirir seguridad en sí mismos.
Pero hay otro tipo de estudiantes que repiten sin que esto ejerza sobre ellos un efecto favorable. Y no lo hace porque estamos aplicando únicamente recursos académicos cuando se necesita otro tipo de solución. Se trata en algunos casos de alumnos que presentan trastornos de conducta que exigen un seguimiento médico y para los cuales la sanidad no dispone de los efectivos necesarios, o de alumnos con problemas familiares o con un entorno social problemático. Dichos estudiantes, al repetir, se convierten en los cabecillas del aula, que se sirven de su mayor edad para manipular a compañeros menores. No tienen motivación y aprovechan para interrumpir las clases porque es el único medio que han aprendido para que les presten atención. La solución a estos problemas no está en los centros educativos, al menos no en su mayor parte. Hay que dirigir la vista a las familias y a una sociedad que prefiere modelos de logros fáciles y efímeros, que hace de la debilidad una ventaja por encima de los que luchan por superarla, y que se ha acostumbrado a delegar la responsabilidad de las familias en los profesores. Cuando el sistema no es exigente con los alumnos, estos reducen sus propias expectativas y se potencia la mediocridad.
Por eso es fundamental que las familias retomen las riendas de la educación de sus hijos, que las instituciones dispongan de medios y proyectos para apoyarlas, y que los docentes tengan el respaldo necesario para cumplir su función. Si a esto añadimos que los legisladores dicten leyes movidos únicamente por un interés educativo, estaremos dando un paso de gigante hacia una educación que va a dar ventaja a nuestros estudiantes cuando se enfrenten a la vida adulta, y que los va a encaminar no solo a la excelencia académica, sino también a su formación como personas cabales.