La Guerra de las dos Rosas

OPINIÓN

24 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La guerra por la bandera azul de las Cíes, que Abel Caballero inició contra Feijoo, es tan cutre en fondo y forma, tan infantil y ridícula, tan ofensiva para la inteligencia y los sentimientos, y tan estéril para Galicia y Vigo, que no merecería ni una palabra, ni un acento, si no fuese un nuevo capítulo de ese vigocoruñesismo, o coruñaviguismo -que «tanto monta»- que rebrota como las setas, cada cierto tiempo, contra la idea de una Galicia integrada. Una guerrilla de alto copete urbano que tanto escandaliza a aldeas tan avanzadas e institucionales como Vilardevós, Folgoso do Courel, O Incio o Forcarei, cuyos vecinos ya se han enterado de que existen la UE, España, la globalización y la OTAN; que Sanxenxo y Portonovo ya no discuten por ver quién tiene la verbena más grande, porque bailan en las dos; que hay metrópolis como Sao Paulo o Shanghái que tienen plazas y jardines más grandes que Vigo; que cuarenta segundos le bastaron a Sánchez y Biden para unificar las estrategias del hemisferio norte; y que tiene muy poco sentido pelearse por un trapo, llamado bandera azul, que si algo alcanza a simbolizar es que el mundo ya no se puede entender ni gobernar por leiras y parroquias.

Estas regueifas nos producen vergüenza al 99 % de los gallegos -siempre hay un 1 % que disfruta con las peleas de gallos-, que no entendemos cómo, con la que está cayendo, tenemos que comentar estas trapalladas. Por eso propongo que este conflicto intermitente reciba el nombre de Guerra de las dos Rosas -roja la de Caballero y blanca la de Feijoo-, en recuerdo de aquel conflicto que se desarrolló a mediados del siglo XV entre la casa de Lancaster, cuyo emblema era una rosa roja, y la casa de York, que lucía una rosa blanca.

Ambas casas tenían su origen común en la casa Plantagenet. Y lo que se disputaban era la corona de Enrique III, cuya sucesión se parecía mucho, aunque ellos no lo sabían, al procés de Cataluña. El resultado de aquella contienda, que duró tres décadas, es para anotarlo: la casa Plantagenet se extinguió -¡estívolle ben!, decíamos en mi escuela-, y la corona pasó a los Tudor, rama bastarda de los Plantagenet. Un hecho que en Inglaterra marca el fin de la Edad Media y el inicio del Renacimiento, aunque el país quedó tan debilitado que tardó un siglo en ponerse al nivel de las monarquías que, como España y Francia, entraron pletóricas en el siglo XVI. Hagan, pues, una simple trasposición, y verán que el título de Guerra de las dos Rosas le sienta como un guante a esta liorta de banderas caracterizada por sus destellos de insuperable estupidez localista.