Una lucha larga y lenta

María Tardón Olmos MAGISTRADA Y MIEMBRO DE LA COMISIÓN DE IGUALDAD DE LA ASOCIACIÓN JUDICIAL FRANCISCO DE VITORIA (AJFV)

OPINIÓN

A menudo surge la pregunta de por qué, después de movilizar no pocos recursos y aprobar un buen número de normas, no conseguimos controlar, prevenir, evitar la violencia de género. Además, suele surgir cuando, como ha ocurrido durante los últimos días, se produce una macabra concentración de víctimas, con 12 mujeres presuntamente asesinadas por sus parejas o ex parejas en poco más de un mes. Es una realidad que, con algunas oscilaciones, se mantiene cada año en cifras insoportables.

No es difícil caer en un cierto desánimo y preguntarse por qué con más implicación de las administraciones, de los medios y de la sociedad entera no se consigue, si no erradicar, sí al menos disminuir esta violencia. Sin embargo, si no perdemos de vista qué es, cómo se manifiesta y cómo somete a sus víctimas la violencia de género, entenderemos muchas cosas que pueden parecer inexplicables.

En ninguna otra forma de violencia se da la frecuente situación de que la víctima no solo perdona a su agresor, sino que se culpa ella misma de su propia agresión: porque le contrarió, le dio celos o le dijo que le dejaba. O que la situación se prolongue durante muchos años antes de que la víctima, finalmente y tras mucha ayuda, se determine a salir de ese clima de terror, en el que ha vivido tanto tiempo que lo termina normalizando e infravalorando. Hasta el punto de que la mayor parte de las mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas no habían denunciado nunca antes a su agresor.

Los recursos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad o de los juzgados y tribunales deben estar en constante revisión para mejorar cualquier procedimiento que ayude a detectar y prevenir el riesgo de la forma más eficaz. Y así viene siendo desde, al menos, la última década del siglo pasado.

Pero proteger a la víctima o evitar la impunidad del agresor también pasa por cambiar muchas cosas en la sociedad. Para quien no haya conocido de cerca este tema, una actitud de la víctima como la referida arriba puede ser difícil de entender. Pero no estamos, como erróneamente creen algunos, ante un tipo o perfil de mujer, sino ante las devastadoras consecuencias de una forma específica de violencia que busca, y en muchos casos logra, anular a la mujer, someterla a la voluntad de su agresor, eliminar su autoestima.

Las leyes son importantes, pero los cambios sociales tienen que venir del esfuerzo coordinado, complementario y prolongado de distintas áreas de actuación que han de confluir en la lucha contra esta violencia: desde luego, el castigo de los hechos violentos, pero también la atención a la víctima y, muy especialmente, la prevención y sensibilización.

Porque erradicar la violencia de género solo podrá lograrse con la colaboración de todos.