Del Cunqueiro a Zaragoza

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

M.MORALEJO

09 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Si mi abuela hubiese conocido el asunto de la comida del Cunqueiro, su robusta identidad aragonesa habría hecho chinchín. Por si se les había despistado la noticia, durante al menos unos dos meses la comida que ingerirán los pacientes del hospital de Vigo se habrá cocinado en Zaragoza, en un macarrónico viaje que será coherente con el picking de los stocks de la logística del complejo cátering hospitalario pero absurdo para todos los demás. Aquí incluyo a mi abuela, a mi misma y a los sacerdotes del kilómetro cero y los productos de proximidad que presumimos de un país, este llamado Galicia, en el que la comida brota de los árboles y la industria alimentaria reluce en el concierto internacional. A mi abuela, que había conseguido un mestizaje completo entre su robusta identidad aragonesa y un galeguismo de vivencias y partos y que era a la vez práctica y poética, la noticia del Cunqueiro la habría desconcertado de primeras, pero enseguida habría sugerido que, ya que la sopa va a ser de puchero aragonés, qué menos que enchufarle a los pacientes de cardio unas buenas borrajas o prescribir a las puérperas de obstetricia unos caracoles con su alioli para zanjar rapidito los entuertos. Porque, puesta a encontrarle ventajas a tan churrigueresco periplo culinario, mi abuela vería con mejores ojos que una merluza descargada en Vigo viajase congelada a Zaragoza para ser cocinada y regresara al sanatorio de Beade para ser deglutida que que los pacientes fueran reconfortados con una de esas hamburguesas que nunca se pudren y que saben igual que el cartón que las cobija. Por ahí no pasaba. Fijo que mi abuela zanjaría las rarezas de la globalización con un cáustico «a dónde vamos a ir a parar». En mi caso, creo que nunca se sabe lo que se mete una en la boca.