Los paréntesis

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

06 jun 2021 . Actualizado a las 10:44 h.

Me escribía una lectora hace un par de semanas acerca de un paréntesis de un artículo. Así es. No acerca de una opinión o de una idea, sino de un paréntesis. Había escrito yo sobre la relación de Rusia con el Quijote y, hablando del gran escritor Turgueniev (el inventor del término nihilista), hacía un paréntesis como el que acabo de hacer ahora, para decir que había tenido «un trío poliamoroso con una española cuyo marido era un francés hispanista». Lo que esta lectora me decía es que tenía que haber aclarado que la española en cuestión era nada menos que Paulina Viardot-García, pianista, cantante y compositora, una mujer que, en efecto, se merece algo más que un paréntesis (y, de hecho, recientemente, el escritor británico Orlando Figes le ha dedicado un libro entero a lo que yo dedicaba un paréntesis aún más pequeño que este).

Es la paradoja del paréntesis; aunque en griego signifique adición (y muchas veces es verdad que contiene una aclaración, como en este caso), a menudo es más bien una manera de no aclarar algo a base de mencionarlo (como este otro). Casi en cada paréntesis suele haber un artículo escondido, frustrado o malogrado, que iría saliendo si uno tuviese la tentación de tirar del hilo que une las ideas (que es invisible, pero resistente como el sedal de pescar). Al filósofo Adorno los paréntesis le parecían «muros», y proponía optar por los guiones, que le parecían «pasamanos» -y yo estoy de acuerdo (aunque solo hasta cierto punto)-. La poetisa Sylvia Plath, en cambio, decía que quería «quedarse a vivir en un paréntesis» (aunque dudo que le gustase uno como este, que contiene una adversativa y una duda). Erasmo de Róterdam los adoraba (como todo pensador que necesita matizar constantemente lo que dice), y los llamaba afectuosamente lunulae (pequeñas lunas). Pero yo, en cambio, que los uso mucho (a la vista está), no termino de reconciliarme con ellos y los veo como cuerpos extraños en el texto (después de todo, nacieron en el mundo abstracto de la matemática y su inventor fue un teólogo).

Aún así, como experimento, he pensado muchas veces en escribir un artículo solo a base de paréntesis, igual que aquel personaje de Casa desolada de Dickens (Mr. Piper) que «hablaba sobre todo en paréntesis». Podría, por ejemplo, haber escrito que la hermana de aquella Paulina Viardot era La Malibrán (la famosa cantante de ópera, la primera auténtica diva de la historia), y que su marido era Louis Viardot, el autor de la primera gran historia sobre la España musulmana (que fue la que, una vez traducida a otras lenguas, desató, casi por sí sola, el nacionalismo árabe). Si mencionase el lugar donde veraneaban los Viardot junto con Turgueniev, diría solo que el pueblo era Bougival, y dejaría para un paréntesis que exactamente allí nació el impresionismo en pintura (es el paisaje de buena parte de los cuadros de Monet, Renoir o Sisley). Eso me llevaría a otro paréntesis para insinuar que en ese mismo pueblo transcurren algunas de las escenas de La dama de las camelias (si mal no recuerdo, Margarita Gautier se arruina precisamente por alquilar una casa allí).

El problema es que cada vez que he intentado escribir un texto así me he encontrado con que lo que me salía era una especie de laberinto en el que un paréntesis invitaba a otro, y a otro, y así sucesivamente, y acaba uno perdiéndose. Al final, el hecho es que escribir no es decir sino decidir. Además, me he dado cuenta de que ese texto ya existe. Se trata de Internet, que no es sino un texto casi infinito construido a base de paréntesis en el que llevamos años perdidos, sin esperanza de encontrar la salida.