El problema que más importa

OPINIÓN

30 may 2021 . Actualizado a las 20:30 h.

La encuesta de Sondaxe que publicó este diario el pasado fin de semana mostró la pluralidad de la sociedad gallega y reveló una única unanimidad. Todos los consultados, de mayor o menor edad y de una u otra tendencia, coincidieron en identificar el principal problema a que nos enfrentamos. No hay otro que les preocupe más. Es el desempleo.

En tiempos de pandemia, con tan graves quebrantos en vidas personales y familiares, no puede entenderse como un lugar común, sino como una señal de alarma de la que sería suicida evadirse. La falta de trabajo hace mella prácticamente en todas las familias, porque es difícil encontrar una en la que no se hayan truncado las expectativas de vida de algún miembro.

En Galicia, cerca de 170.000 personas están apuntadas en las oficinas de empleo, y un número indeterminado han desistido de hacerlo ya, por falta de perspectivas debido a su edad o por pérdida de confianza en la capacidad del sistema para integrarlos. Pero no es solo el número oficial (el 13 % de la población activa), sino también las poco alentadoras condiciones que encuentran quienes persiguen acceder al mercado de trabajo.

Son los jóvenes que intentan empezar su vida laboral los que tienen más difícil la carrera del empleo, puesto que a la escasez de la oferta se suman salarios excesivamente contenidos, insuficientes no ya para sostener una familia, sino simplemente para sufragar un proyecto de vida autónoma. No debe extrañar que en estas circunstancias Galicia sufra una nueva emigración (la de mayor talento), que se haga casi imposible la emancipación personal o que se retrase y decaiga la maternidad.

Con ellos, la otra punta del iceberg que amenaza el rumbo de nuestra sociedad la representan los que pierden su empleo después de los 45 años, como está ocurriendo por efecto de la pandemia en pequeñas y medianas empresas y entre los autónomos. Volver a trabajar después de esa edad es más una excepción que una probabilidad, y el daño al tejido social, con la pérdida de ingresos de muchas familias, es irreparable.

Ese es el diagnóstico. Cambiar el rumbo, invertir la tendencia, no es tarea fácil ni se resuelve con magia. Tampoco con palabras grandilocuentes y promesas de lluvias de miles de millones de euros de los fondos europeos. Las pequeñas y medianas empresas y los propios desempleados saben que pasarán de largo, como en aquella amarga película.

Pero sí hay giros estratégicos que se pueden emprender. Lo que llaman políticas activas de empleo deberían coincidir con su nombre, en lugar de derrochar presupuesto en cursos que solo sirven para pasar el tiempo. Las mal llamadas oficinas de empleo, que se han convertido en catedrales de la burocracia, deberían trabajar con objetivos de eficiencia. Y todas las ayudas públicas solo tienen un fin y una justificación: crear empleo. Real, razonablemente pagado y competitivo.

Para La Voz de Galicia, prestar máxima atención a la lucha contra el desempleo será desde hoy una redoblada prioridad. Ojalá en este objetivo poderes públicos y agentes sociales sean también unánimes.