Mayo

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

22 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Y por el aire, en el colo de la brisa atardecida los acróbatas del viento tejían círculos saludando al viajero. Eran los vencejos, los aviones y las gráciles golondrinas recién llegadas del lejano Egipto.

Antes de llegar al pueblo, Galicia había desplegado una sinfonía de oro viejo festoneando las laderas con el humilde toxo, con sus penachos tupidos de chorimas y alecrines.

Los días eran perezosamente largos, y la naturaleza reventaba en las copas de los árboles. Mayo era una estrofa en una copla antigua de los maestros León y Quiroga, que sonaba en la memoria con estribillos de zarzamora apoyándose «en el quicio de la mancebía».

La primavera era una apoteosis en su plenitud de viejos y hoy desaparecidos cánticos marianos del mes de las flores.

Levantado el toque de queda, pospuesto el estado de alarma, sin cercos ni perímetros que impidan el viaje, tras ocho largos meses emprendimos el camino, iniciamos el viaje que nos llevaría a Galicia.

El sol a nuestra llegada tenía esa extraña torpeza de hilvanar raiolas sucesivas hasta que la noche bajaba su telón.

Y la mar en mi pueblo de origen y destino, la mar del norte en Viveiro, era una lámina de estaño pulido e irisado.

Y por todo el país la fiesta de las letras, la epifanía de la lengua, tenía feriado su día, y celebraba sin libros en la calle, sin rosas ni claveles, el homenaje debido a un creador que cada año conmemora el día diecisiete de mayo, en gloria y prez a un escritor muerto como mínimo diez años atrás. Es una fiesta fúnebre, una suerte de cabo de año, que convierte la obra escrita en un epitafio. Las librerías estaban, en el Día das Letras Galegas, cerradas.