El tarot de la Moncloa

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Juan Carlos Hidalgo | Efe

21 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando uno gobierna un país teniendo solo un tercio de los diputados del Congreso, apoyado -es un decir- exclusivamente por un supuesto socio de coalición que a lo que se dedica en realidad es a complicarte la vida, y por aquellos que aseguran en sede parlamentaria que la gobernabilidad de España les importa «un comino», es lógico que te asalte la tentación de olvidarte del presente y dedicarte a gobernar el futuro. Entre otras cosas, porque para ello no hace falta una mayoría parlamentaria. Basta echar una quiniela y presentarla con powerpoints. El problema no es tener una unidad de prospectiva, sino convertirla en un espectáculo al servicio del Gobierno. Algo que han entendido grandes empresarios que, cansados de ser usados como atrezo del show, dieron ayer plantón.

El presente, es decir, la gestión de los problemas reales del país, es una cosa molesta para un Pedro Sánchez que llegó a la Moncloa con una obsesión por gobernar el pasado, pero pronto comprendió que es incluso más fácil gobernar el futuro. La Agenda 2030, puesta en su día en manos de Pablo Iglesias para que se entretuviera y no fastidiara con la pelota, se les queda corta a Sánchez y a su gurú, convertidos en el Rappel y el Octavio Acebes de la política, que nos explican ahora cómo nos irá dentro de 30 años si seguimos su camino y sus enseñanzas. Poco riesgo asumen, evidentemente, porque cuando llegue esa fecha Sánchez estará dedicado a regar sus plantas y algunos de los que escribimos estas cosas, probablemente criando malvas. A los demás, siempre podrá decirles que si no se cumplieron sus augurios es porque los españoles tuvieron la funesta idea de no votar al PSOE entre hoy y el año 2050, donde nos esperaba la Arcadia feliz.

Sánchez sabe que echar la Primitiva cuesta poco -un euro la apuesta- y, sin embargo, con ese boleto en la mano uno se siente millonario hasta el día del sorteo, que en este caso es dentro de tres décadas. ¿Qué mejor entonces que regalar un billete de la suerte a cada español? El problema de pasarse el día jugando a la Loto y procrastinando es que el presente tiene la fea costumbre de presentarse sin avisar. Y a Sánchez y su ejército de prospectores se les cuela en su ceremonia el rey de Marruecos, convertido en un Herodes del siglo XXI que lanza niños a Ceuta como quien tira piedras a los gatos, y protegido además por un Biden al que Sánchez consideraba uno de los suyos, pero que, muerto Trump, sigue sin llamarle. Y van ya cuatro meses. Falta diplomacia con Marruecos, pero también con Estados Unidos.

Mientras Moncloa reparte flyers para esa rave del 2050, se les cuela también en el presente un nuevo Gobierno catalán dispuesto no solo a demostrar que España le importa un comino, sino a cobrarle a Sánchez ese comino que necesita para tener mayoría a precio de aguacate, que diría Belarra, o más bien de caviar beluga independentista. Y si el presidente sigue dedicado a echar el tarot, en lugar de a gobernar, nos podríamos encontrar con que en el 2050 Ceuta y Melilla son marroquíes y Cataluña, independiente. Y entonces, vayan a pedirle explicaciones a Sánchez.