¿Qué grande es ser joven?

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OPINIÓN

Carlos Díaz | Efe

12 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Una de las paradojas de España como país es que nuestro estado de bienestar, que se conoce como sistema familista o mediterráneo, en realidad no protege suficientemente a familias y jóvenes. Esa solidaridad familiar que distingue nuestra cultura de otras partes del mundo no tiene su reflejo en las políticas sociales, de las menos generosas en apoyo a las familias y a la juventud de toda Europa. La ausencia del Estado se ha compensado con un pacto entre generaciones que ha trasladado a las familias una parte importante del coste de reproducción social de las nuevas cohortes.

Esa diferencia generacional tiene su reflejo en nuestro mercado de trabajo, atravesado desde hace más de veinte años por un proceso de segmentación entre trabajadores fijos y temporales. Tal dualidad afecta en mayor medida a las nuevas incorporaciones (jóvenes, mujeres, inmigrantes o parados) de trabajadores y trabajadoras, agrandando como resultado la brecha generacional y laboral entre padres e hijos.

Sabemos que los jóvenes han pagado más intensamente los costes de la crisis; mantienen tasas más altas de desempleo y temporalidad, ha crecido más entre ellos que en el resto de las edades el riesgo de pobreza, y la probabilidad de tener un empleo precario es también más alta para ellos y ellas. Esta situación, además, deriva en una dificultad extraordinaria para iniciar sus trayectorias vitales.