Incompetentes e «incompetentas»


Hace años que ostento el honor de presidir el jurado de los premios de literatura infantil y juvenil de la EGAP, nuestra prestigiosa escuela de administración pública, por muchos motivos uno de los paradigmas de la formación del alto funcionariado en toda España. Una escuela ejemplar, relevante, y a la que admiran personas cualificadas de toda ideología. Ese mirador, el jurado de un premio literario de alta participación, me permite observar por dónde corren los tiempos. No solo literarios y lingüísticos, sino también de cariz sociológico. Hace años era infrecuente que el masculino genérico, que las academias de la lengua insisten en mantener como recomendable y correcto, no fuese el habitual en el uso de la escritura de los concursantes. Hoy es excepción. Me explico. Los autores de los cuentos no escriben «los niños», sino «los niños y las niñas». La corrección política dicta, como una tiranía, estos nuevos modos y costumbres. Es la primera vez en la historia de la lengua en que la política, con la cobardía y aquiescencia de políticos de uno y otro signo, marca el devenir del lenguaje. Ese ser vivo. Vivo y, por tanto, mudable. Hasta hoy eran los usos del lenguaje los que hacían cambiar las normativas. Hasta hoy, reitero. Porque repitiendo «los niños y las niñas y los profesores y las profesoras y los alumnos y las alumnas» hemos llegado al hecho incontrovertible de que, de no decirlo, te señalan y vulneran. Y así llegamos al mirador desde donde oteo el horizonte. ¿Qué observo? Observo que los más jóvenes ya no escriben «unos niños» refiriéndose también a las niñas que figuran dentro del grupo, por ejemplo. Y así con todo. Hablan de vecinos y vecinas, trabajadores y trabajadoras, compañeros y compañeras. Para la integración y todas esas zarandajas del lenguaje inclusivo pueden resultar útiles estas dobleces. Para la literatura y para la comunicación resultan un superlativo espanto. Un desastre.

Y todo por cuestiones ideológicas que estos días se hacen más rigurosas, por no decir más ridículas. Ya hablan no solo de los niños y las niñas, sino también de los niños y niñas y niñes. No sé qué haremos con los competentes y los valientes. ¿Competentas y competentes y competentos? Se confunde el género con el sexo, de ahí parten todos los errores. Y algunas academias, la gallega entre ellas, miran para otro lado porque la corrección política cabalga cual caballo de Atila y todo lo pisa. Ante ella nos inclinamos. O se inclinan. Yo seguiré denunciando este disparate que va contra uno de los principios fundamentales del lenguaje: la economía. Me sobrepasa. Esos locutores con el masculino y el femenino frase a frase (alguno ya persevera en el «oyentes y oyentas»). Los escritores. Los políticos, fundamentalmente. Estamos perfilando una sociedad de incompetentes lingüísticos. O mejor. De incompetentes e incompetentas e incompetentos.

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