Desde 1980, España es subcampeona europea del paro. De esto no se quiere hablar porque estamos a lo que estamos, a la foto y a colocarse. No se quiere porque quedarían retratados todos los ministros de Economía. Lo peor es que en cada crisis el paro crece hasta nuevas cumbres. La memoria colectiva es de pez y los asesores políticos lo saben. Por fortuna, hay organismos internacionales.

Según la OCDE, España entró ya en la Comunidad Europea durante los 80 con cerca del 20 % de paro. A mediados de los 90 superó el 22 %. A principios de la década de 2010 batió su infame récord, con más del 26 % de paro. ¿Y tras esta pandemia? Si siempre haces lo mismo, usualmente obtendrás idénticos resultados. Tras 40 años, normalizamos lo anómalo, con un paro de dos dígitos, doblando la media europea. Desastroso.

Lo que resulta obvio es que el método español no funciona, lo aplique quien lo aplique. Hace 40 años estábamos económicamente mejor que Corea del Sur, Irlanda o que Chequia sin Eslovaquia, por citar tres países bien distintos. Uno, con capitalismo modelo Singapur; otro, con paternalismo democrático; el tercero, con una feroz tiranía comunista. El método español consiste en hacer que se hace, sobre todo chapuzas jurídicas: cambio el modelo de contrato laboral, cambio el modelo de convenio colectivo… y a esperar la siguiente ola septentrional para encaramarse y ponerse la medalla (pensionada).

Pues no, señores. Con este método estamos inmolando a nuestros jóvenes, que deberían exigir cambios realistas, no ensoñaciones de reparto de la miseria. En esos países y en otros, el secreto del éxito radica en una educación matemática y científica de primer nivel, evaluada anualmente con contraste internacional. Más ecuaciones y más tabla periódica, con apoyo a una investigación eficiente y a la industria. Aquí no aprendemos. Somos listos, eso sí, para buscar culpables. Como Europa, que nos pide reformas mientras nos subsidia. Pero algún día el donante se cansará, porque también tiene sus problemas -creciente factura de pensiones, competencia despiadada desde Asia, populismos de toda laya, infantilismo entre los creadores de opinión...-.

Si quieren estudiar la terapia, comiencen por leer las memorias de Jean Monnet, en especial cuando narra cómo dirigió el Commissariat général au Plan. Es una tercera vía europeísta. Pero, claro, antes resulta indispensable alguien con la altura de De Gaulle. Esos hombres ya no se fabrican. Hay que encargarlos. Al menos, afrancesémonos.

Por Manuel Blanco Desar Economista y politólogo. «Autor de Fraternidad europea»

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El mal español