Israel, entre ellos y nosotros


El reciente artículo de Miguel Anxo Murado sitúa en sus términos reales la lucha política que se desarrolla en Israel. Fue uno de los más sagaces analistas políticos quien señaló a Israel como similar en complejidad parlamentaria, doce grupos políticos, al de los parlamentos que resultaron de las últimas elecciones españolas y catalanas.

En el 2015, Rajoy rechazó la investidura porque no la ganaba. Pero, contrariamente a algunas realidades construidas, tampoco las siguientes elecciones se la garantizaban. Aceptó en el 2016 porque el Partido Socialista, desangrándose, asumió su responsabilidad y se abstuvo, por la gobernabilidad. Luego pasó lo que pasó, por más que hablen del PNV, en el haz y el envés, y se olviden de sentencias por corrupción, también del Supremo.

El Parlamento catalán, con ERC, la CUP y JuntsxCat, lleva camino de tanto desarreglo como evidencia desde hace dos años y cuatro elecciones el Parlamento israelí. Salvo que Israel, aunque lo pretenda, no es Europa y vive un enfrentamiento sin fin con sus vecinos, sean los propios árabes que allí viven o los palestinos, libaneses, jordanos o iraníes. Por más que Netanyahu se haya fortalecido, con ayuda de EE.UU., al establecer relaciones con Arabia Saudí o Qatar, incluso Marruecos, mientras todos siguen en la guerra del Yemen, frente al otro bando donde con Irán, la antigua Persia, como gran potencia, está China. Más cercanos, como evidencian tantos refugiados que pretenden llegar a Europa, tenemos la guerra en Siria y el yihadismo -siempre presente Rusia-, donde se entrecruzan kurdos, armenios y parte de chipriotas con Turquía, que pretende intervenir hasta en el conflicto de Libia. Y en todo ello anda siempre Israel.

De ahí la importancia de Netanyahu, o su imposible sustituto. Por sus manos pasa la política de conflicto e intereses de la zona, y por ello los resultados del parlamento israelí, la Kneset, con doce grupos, incrementan su perfil conservador, lo que dificulta el acuerdo de los dispares opositores a Netanyahu, sin olvidar el fructífero y posible juego a su favor de tránsfugas o pactos inesperados. Con la diferencia por un voto, la disgregada oposición podría aspirar a presidir el parlamento y aprobar una ley que impida presentarse a las elecciones a un candidato procesado, como es Netanyahu. Si no, llegarán las quintas elecciones y Netanyahu se presentará ante los electores árabes israelíes utilizando otra vez la onomástica árabe Abu Yair, que lo nombra como padre (Abu) del hijo primogénito. Todo ello apuntalado porque Israel, que no logró su vacuna propia a pesar de tanta innovación como publicita, ha administrado cerca de 10 millones de vacunas, aportadas por BioNTech Pfizer, en un país con 8,6 millones de habitantes. Y aunque algunos no lo acaban de asumir, las vacunas y su gestión son la gran esperanza y el alfa y omega de la política hoy. Salvo para algunas dirigentes que viven y dejan vivir como si ya la tuvieran y convocan elecciones por miedo a una improbable censura.

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