Sin perspectivas de cambio


Si usted va a criticarme por decir lo que sigue, mientras todos opinan lo contrario, no pierda el tiempo, porque ya soy consciente de ello. Sé que mis reflexiones molestan a muchos electores que tienen por dogmas dos cosas que yo rechazo: que el pueblo siempre tiene razón (yo creo que los pueblos pueden equivocarse, aunque lo hagan soberanamente), y que la condición esencial del voto democrático es su individualidad secreta y libérrima (porque yo creo que el voto tiene un sentido y unos objetivos, y que, si lo ejercemos desde la pura individualidad, puede ser irracional, aunque sea legítimo e inamovible).

El error de perspectiva que pesa sobre la  política española es creer que el sistema funciona mal porque los partidos han perdido la brújula y la capacidad de dialogo, cuando la realidad es exactamente la contraria, que los partidos están desnortados y en riesgo de demolición porque, al ser obligados a maniobrar sobre un fondo de ingobernabilidad esencial, es imposible que den satisfacción al electorado y reconduzcan la política al campo de sus deberes y obligaciones, un diagnóstico más funcional que no excluye que, sobre este fondo de errores, se acumulen también mucha incompetencia, bastantes oportunismos, y algunas indecencias personales y orgánicas.

En los mentideros de Madrid se habla estos días que, escarmentados por la situación que sufrimos, se percibe una vuelta al  bipartidismo imperfecto que funcionó hasta 2015. Pero yo creo que ese benéfico horizonte solo es un error de perspectiva que parte de creer que los partidos destruyeron el sistema y que ahora lo quieren recomponer. Porque el sistema dejó de funcionar a causa del cambio de mentalidad de un electorado que, en respuesta a una crisis mal explicada, y convencido de que todos los males partían de los errores e insensibilidades de gobiernos fuertes, decidió desperdigar y radicalizar el voto, y, en vez de entender la fragmentación del parlamento como un germen de ingobernabilidad, pasó a interpretarla como un instrumento útil para evitar que los gobiernos gobiernen y nos hagan cuadrar las cuentas con recortes, ahorros e impuestos.

Y, ¡vive Dios!, lo hemos conseguido. Por eso los partidos no tienen en sus manos la vuelta a la gobernabilidad, ni el fin de los bloques. Porque ese regreso no se podrá dar hasta que entendamos qué pasó, y hasta que reconozcamos que en las democracias hay problemas que solo pueden solucionar unos votantes racionales e informados dispuestos a asumir que, si la democracia no puede gobernar con eficacia, se convierte en un régimen débil, a merced de los populismos, que es lo que en España empezamos a creer -¡ojo al dato!- en respuesta a crisis sucesivas.

En las democracias hay problemas que solo pueden solucionar unos votantes racionales e informados

Hasta que el electorado se sienta protagonista, y disponga de información y voluntad para emitir un voto libre, racional y con sentido colectivo, no regresará el bipartidismo. Y ese camino ni figura en la agenda, ni parece haber nadie que, desde los partidos y los medios de comunicación, esté dispuesto introducirlo.

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