«El viejo Koskoosh escuchaba con avidez. Aunque hacía tiempo que se le había debilitado la vista, su oído seguía siendo agudo, y el menor sonido penetraba en la parpadeante inteligencia que aún moraba detrás de la arrugada frente, pero que ya no examinaba las cosas del mundo». Así comienza uno de los relatos más estremecedores que haya leído: La ley de la vida de Jack London.
El viejo pertenece a una tribu trashumante que está preparando el viaje a los pastos de invierno. No lo pueden llevar, los demoraría. El tiempo acucia, pronto llegarán las grandes nevadas que cerrarán los pasos entre las montañas. Si no logran atravesarlos, volverá la época del Gran Hambre. El hijo se despide lacónico:
-¿Estás bien?, le preguntó.
Y el viejo respondió:
-Estoy bien.
-Hay leña a tu lado -continuó el más joven-, y el fuego arde bien. La mañana es gris, y empezó la helada. Pronto va a nevar. Ya está nevando.
-Sí, ya está nevando.
-La tribu está apurada. Sus fardos son pesados y sus vientres están chatos por falta de alimentos. La senda es larga y viajan deprisa. Me voy ahora. ¿Te parece bien?
-Está bien. Soy como la hoja del año pasado, que se aferra débilmente al tallo. Al primer soplo, caeré. Está bien...
«Inclinó la cabeza en señal de satisfacción hasta que el último sonido de la nieve quejumbrosa se hubo apagado, y supo que ya no podría llamar a su hijo». [...]
«No se quejaba. Era el modo de vida, y era justo. Él había nacido cerca de la tierra, cerca de la tierra había vivido, y la ley de esta no era nueva para él». [...]
Se queda solo. El fuego es la última barrera que impide que los lobos le ataquen. «Finalmente, la medida de su vida era un manojo de leños... El viejo experimentó pánico por un momento, y extendió una mano paralítica que vagó, temblorosa, sobre el reducido montículo de leña seca que tenía a su lado. Durante un tiempo caviló acerca de los días de su juventud, hasta que el fuego disminuyó y la helada mordió más a fondo. Esa vez lo alimentó con dos ramitas y calculó lo que le quedaba de vida por las ramitas restantes. Si Sit-cum-to-ha se hubiese acordado de su abuelo y recogido una brazada más grande, sus horas se habrían prolongado. Un hocico frío le rozó la mejilla, y ante el contacto su alma saltó hacia el presente. Su mano se lanzó al fuego y arrastró una rama encendida y… ¿Por qué habría de aferrarse él a la vida?, se preguntó, y dejó caer en la nieve la rama ardiente. Siseó y se apagó…».
Esta semana en que se ha aprobado la ley de eutanasia, no he podido menos que recordar al viejo Koskoosh.