El centro político no existe


Todo indica que Ciudadanos se halla al borde de la extinción. Si se consuma el óbito, escucharemos de inmediato el coro de las lamentaciones: la democracia pierde un partido que, por su vocación centrista, debería atemperar la extremada polarización de la política española. No nos engañemos: son lágrimas rituales de cocodrilo. Al día siguiente de las exequias, las plañideras de ocasión volverán a lo suyo: a defender con uñas y dientes sus posiciones de derecha o de izquierda. Las del PP, además, satisfechas y con el estómago lleno si consiguen fagocitar a sus socios. Y académicos y politólogos volverán a devanarse los sesos para resolver la gran paradoja: si millones de españoles -la mayoría, según el CIS- se ven a sí mismos ubicados en el centro, si las elecciones se deciden en ese espacio, ¿cómo se explica que todos los intentos de consolidar fuerzas centristas -el CDS de Suárez, la UPyD de Rosa Díez y Ciudadanos- hayan sido fugaces y abocados a la desaparición?

Todas esas experiencias, que intentaban situarse en la mediana de la carretera, fueron aplastadas por alguna o las dos fuerzas del bipartidismo. Margaret Thatcher, que siempre circuló sin complejos por el arcén derecho, lo anunció con carácter premonitorio: «Estar en el centro de la carretera es muy peligroso; te atropella el tráfico de ambos sentidos». Por eso, por más que la mayoría confiesa estar cerca del centro, y un día vota a derecha y el otro a izquierda, en la mediana no existe espacio estable para una fuerza política: la mediana solo es una línea. Puedes tener éxito momentáneo, cuando son muchos los peatones que cruzan la carretera, e incluso permanecer si te conformas con el microespacio de la bisagra -el guardia que regula el tráfico-, pero nunca lograrás forjar una mayoría centrista.

George Lakoff, lingüista y sociólogo, lo afirma con rotundidad: «El centro ideológico o político no existe». Y lo apoya con un sólido argumento: es imposible colocar la mayoría de los asuntos de que trata la política -los impuestos o el gasto público, el divorcio o el aborto, la sanidad o la educación- en una escala lineal y situar al partido centrista siempre en el punto medio de esa escala. Equidistancia imposible, entre otras razones, porque muchos de esos asuntos son de «sí o no» y no hay escala que valga.

Para complicar más las cosas, la gente es muy rara. Cada votante, especialmente el que se dice de centro, maneja su propia escala de principios e intereses. Están, por usar la terminología de Lakoff, los biconceptuales: personas que en unos aspectos de la vida son conservadores y en otros son progresistas. Conservadores y liberales en economía, por ejemplo, y progresistas en derechos civiles. O viceversa. Ninguno de centro puro.

En tal situación, los partidos centristas practican el funambulismo, a la intemperie y sin barra ideológica que les permita mantener el equilibrio. Van dando bandazos, a derecha o izquierda, hasta que se desploman y caen habitualmente en el redil del que salieron. Ese parece ser el destino de Ciudadanos.

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