Casquerías


Creíamos que el percebe disponía de un pene excesivo. Lo suficientemente largo como para poder tentar un fecundo revolcón con cualquier perceba a la redonda sin moverse de casa, pero no es para tanto. Sesudos estudios etológicos y fotográficos concluyen que, si tuviéramos el pene de un percebe, seríamos un photoshop de anuncio de píldoras para alargarlo; concretamente tendríamos la marca en metro y medio de pene, que no está nada mal pero resulta muy fatigoso, tanto para el percebe como para la perceba humana.

El pene no es tan importante desde un punto evolutivo como el tamaño de los testículos. Las criadillas humanas están a media tabla entre las del gorila y el chimpancé. Además, los humanos tenemos una próstata más grande que la del toro o el gorila -pagamos, eso sí, un tributo tumoral más elevado- pero menor que la del chimpancé. Los humanos los tenemos más grandes que un gorila porque los gorilas son polígamos y solo moja el macho alfa, lo que no requiere grandes reservas de semen para garantizar la transmisión de sus genes. Los chimpancés, en cambio, son promiscuos y embusteros: triunfa el que llegue más rápido a la hembra en celo.

El Sapiens es un poco de todo: a veces promiscuo, otras polígamo, otras monógamo y, últimamente, hasta puede declararse un caracol hermafrodita en lucha entre sus partes femenina y masculina, o, simplemente, asexual.

El Sapiens tiene semejante prostatón porque es el único que se aparea con hembras que no son esclavas del período de celo. El «aquí te pillo, aquí te mato» es un invento y una posibilidad exclusivamente humana dada la permanente disponibilidad de ambos géneros para la cópula, y esta realidad exige una lubricación permanente y generosa por si surge un rollo que nunca suele surgir. Una tiranía.

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