En una carta al director publicada hace unos días en este periódico, una lectora se quejaba de la dificultad de una de las pruebas para el acceso a la Policía Nacional. Todos los años se repite la misma historia: millares de opositores -en esta ocasión 16.754- deben superar varios exámenes, uno de los cuales es un test que han de resolver en ocho minutos. Se les da una lista de cien palabras y tienen que señalar cuáles son correctas y cuáles no según el diccionario de la Academia Española.
Que una palabra no esté en el Diccionario no es prueba de su incorrección, sino solo de que no está en esa obra. Y al examinando se le puede preguntar si una palabra es correcta, pero no que conozca las 93.111 entradas del Diccionario de la lengua española. Con estas se pueden preparar decenas de test en los que quien diseñó el examen no acertaría ni una.
Las elecciones del Diccionario sobre las voces que incorpora y las que ignora son solo eso, sus elecciones, hechas según los criterios de sus lexicógrafos y sancionadas por los académicos... con las que no siempre coinciden otros expertos de la Academia. ¿Por qué se dan como malas palabras como desjudicializar, prepago, sindemia, resetear, endocraneal o desfibrilar? El test parece una herramienta para hacer un cribado rápido y no la selección de los mejores.
¿Por qué se pregunta por palabras poco usuales que los policías nunca van a encontrar ni a necesitar en su vida profesional? ¿Para qué deben tener esos conocimientos? Lo que sí necesitan es hablar y escribir aceptablemente, lo que les permitirá expresarse bien ante cualquier persona o en un tribunal y hacer un informe cuya lectura permita una cabal comprensión de lo que en él se expone. Para probar la capacidad del aspirante cabría sustituir la polémica prueba por un ejercicio de redacción, cuyo único inconveniente es que la corrección no podría hacerse mecánicamente, como la del test, pero su examen a cargo de, por ejemplo, profesores de lengua española, garantizaría una calificación precisa. El número de incorrecciones gramaticales y ortográficas, junto con unas notas sobre la claridad expositiva, capacidad de síntesis y precisión de los datos podrían dar una conclusión más justa, que reflejase la capacidad del aspirante en esta materia. Claro que habría que leer 17.000 redacciones, para lo que se necesita un nutrido equipo de correctores. Pero se trata de dar con las personas mejor formadas, no de un concurso de televisión, ¿no?