Tenía yo un profesor de Ciencias que se metía con Machado. «¿Cómo que ‘la primavera ha venido / nadie sabe cómo ha sido'? Se lo digo yo: el eje de la Tierra, en su órbita elíptica en torno al Sol, adquiere una inclinación respecto a la radiación solar que hace que en nuestro hemisferio los días se hagan más largos y suban las temperaturas». Hombre, sí; pero yo creo que eso Machado ya lo sabía. Lo que quería decir el poeta es que la primavera siempre le coge a uno por sorpresa, por mucho que la astronomía la haga predecible. Sobre todo cuando llega la primavera, como pasó ayer, y hace un frío que obliga a los grajos a volar casi a ras de suelo, por no decirlo de un modo más grosero. Vemos entonces que la definición científica puede ser muy precisa, pero resulta insuficiente, porque para nosotros la primavera, además de ciencia, es imaginación y símbolo. Por eso llamamos «Primavera de Praga» a un hecho histórico que comenzó en enero y «Primavera árabe» a otro que comenzó en diciembre. De hecho, yo diría que la primavera es más un fenómeno literario y artístico que astronómico.
De modo que, aunque tenía razón aquel profesor de Ciencias, también la tenía Machado, y para orientarse respecto a la llegada de la primavera está bien leer y observar el tiempo a través del arte. A mí, personalmente, me parece que ya se puede hablar de primavera cuando las flores de los almendros están del Pantone exacto con el que los que pintó Van Gogh un mes de marzo en Provenza (el SW 7006); o cuando los cerezos que hay aquí en Madrid en la Quinta de los Molinos tienen el mismo tono rosáceo que los de las pinturas japonesas. Me parece que se puede hablar de primavera cuando el aire se pone a cantar el madrigal Zefiro torna de Monteverdi, que tiene una línea melódica que se corresponde exactamente con los requiebros del viento del oeste. En fin, lo que marca el cambio de estación son las golondrinas, cuyo vuelo le parecía a Ramón Gómez de la Serna una rúbrica y que a mí me sugieren la idea de acentos circunflejos que le dan al cielo el aspecto de un texto en portugués o en francés. Y en Madrid son, además, en sí mismas, una cita literaria. Eran golondrinas madrileñas a las que Gustavo Adolfo Bécquer se refería en su famoso poema aquel que de niños recitábamos a los abuelos con voz de pito, balanceándonos y con los dedos entrelazados a la espalda: «Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar…».
Por eso, todos los años por estas fechas hago una pequeña excursión a la madrileña calle de los Libreros, número 5, porque es allí donde el poeta onubense Juan Carlos de Lara localizó el escenario del poema. Esa era la vivienda de la familia de Julia Espín, la musa que le dio calabazas a Bécquer a pesar de que este lo tenía todo para triunfar entre las chicas de la era del Romanticismo (era poeta, tuberculoso y tenía pelazo). Sin demasiada fe, me fijo en si las golondrinas han vuelto a colgar su nido en el balcón de Julia y se cumple así la profecía del poeta. Pero, igual que la naturaleza, también el arte tiene sus límites y lo más que he llegado a ver es una bombona de butano.
Aunque, ahora que lo pienso, quizás esté mirando en el lugar equivocado, porque Julia Espín, que tuvo después de una exitosa carrera de cantante de ópera que se acabó cuando se quedó sin voz, terminó casando, precisamente, con un señor de Lugo. Así que me he propuesto ir la próxima primavera al pazo de don Benigno Quiroga en Hospital do Incio y mirar si tiene balcón, y si el balcón tiene nido...