Criptoaire


Me he puesto a entender cómo podía subastarse un dibujito digital y que alguien pagara por él medio millón de euros en criptomoneda. Suponía que algo se me escapaba, que quizá me había tropezado con un nuevo paradigma, otro, que requería un salto intuitivo en mi capacidad de abstracción. Me ocurrió antes con el bitcoin, por ejemplo, y la blockchain. No me atrevía a reconocer ante nadie que la venta del famoso garabato de píxeles, el Nyan Cat, me parecía una tomadura de pelo. Así que empecé a leer para comprender. Tuve mala suerte. Di con un tipo de Brooklyn, un director de cine que se llama Alex Ramírez-Mallis, hombre burlón, que ataca el negocio del criptoarte poniendo a la venta un archivo de sonido con cincuenta y pico minutos de ventosidades: «One Calendar Year of Recorded Farts». Lo explicaba muy bien anteayer en el New York Post, pero ahorraré los detalles escatológicos.

Ramírez-Mallis me ayudó un poco, porque dice que se trata de una burbuja como otras y que se parece mucho a lo que hacen quienes compran arte, lo almacenan y solo exhiben, si resulta necesario, el certificado de propiedad.

Sigo sin entender esto del criptoarte comerciado en criptomonedas: una especie de metaencriptado en el que personas anónimas compran con dinero virtual supuestos bienes no fungibles por los que yo no daría un duro. La progresiva virtualización del dinero se entiende con más o menos dificultad. Pero comprender la virtualización de lo que se compra con él cuesta más.

Se extinguió el simpático vendedor de crecepelos. Sin embargo, nos engañan hasta con el aire: fresco, de la ciudad que se quiera y embotellado, o con el registro digital del sonido de otros vientos. La nada digital.

@pacosanchez

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