Se va, se va, se va, se va, se va


Genio y figura, Iglesias se fue, se fue, se fue, se fue, se fue (añada el lector la melodía del conocido «Me va, me va» de Julio Iglesias) con el mismo tono bronco y arrogante que ha caracterizado su paso, finalmente fugaz, por el Gobierno: marcándole al presidente el nombre de la futura vicepresidenta y el de la ministra que deberá sustituirla; ordenando a su partido, al más puro estilo soviético, quien será su sucesora; y tildando a la derecha de «criminal», sin aclarar el porqué de tan injuriosa acusación, que resulta, si cabe, más ofensiva aun en boca de quien ha demostrado desde su juventud una acusada querencia por Herri Batasuna, el partido de ETA, de cuyos herederos (EH Bildu) ha sido Iglesias valedor desde que Sánchez decidiera cambiar sus felices sueños por agitadas pesadillas.

Iglesias se va -nos dice- para poner a Madrid a salvo del fascismo. Un Madrid que en la mente calenturienta del líder de Podemos sufre hoy lo que en 1936. Y es que Iglesias vive inmerso, ¡tan feliz!, en un guerracivilismo vocacional pasado por la túrmix de conjuras y traiciones de las series de política-ficción televisivas que, por lo que se ve, constituyen la fuente esencial de información de quien aun es vicepresidente.

Ocurre, claro, que lo que Iglesias califica, con su verborrea desatada, de amenaza fascista nada tiene que ver con tal delirio: en Madrid se han convocado legalmente unas elecciones democráticas, en las que los electores decidirán con su sufragio universal, libre, igual, directo y secreto a quién van a entregar la mayoría. En tales comicios no sale Iglesias, precisamente, en la mejor posición imaginable y menos tras el rechazo frontal del partido de Errejón, hecho público ayer, a concurrir en una candidatura conjunta con Podemos. La dirigente regional de Más Madrid dio a Iglesias calabazas, demostrando que ese descamisado con chaletazo ya no engaña ni a los suyos: «Madrid no es una serie de Netflix».

Puede que esa confusión (la que hay entre la política real y la que nos trasladan las series televisivas) explique finalmente lo que de otro modo constituiría una gran misterio: ¿por qué alguien que no ha hecho otro cosa en su vida que política abandona la vicepresidencia del Gobierno para jugársela en una partida con poquísimas posibilidades de ganar? ¿Quizá porque la política real -la que consiste en administrar con recursos limitados los intereses colectivos- no le importa a Iglesias ni un pimiento, pues lo suyo es la agitación y la propaganda?

La nula gestión de Iglesias en el Gobierno confirmaría tal explicación, que vendría también apoyada por la teoría de la Navaja de Ockham: según ella, en condiciones de igualdad, la explicación más fácil tiende a ser la más probable. Pero, ¡ojo!, yo no me fiaría. Porque queda por ver si la airada salida de Iglesias del Gobierno oculta una estrategia tramposa para darle definitivo matarile a la ya escasa estabilidad política y constitucional de un país que vive desde junio del 2018 en constante desgobierno.

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