Mundo viejuno


Escapé del perímetro dando gas a la moto a mi cubil costero, donde puedes espiar por el ojo de la cerradura al monte Louro cuando se desnuda de niebla y se viste de toxos largos. Seis meses sin ir puede suponer encontrarte un okupa o una inundación. Me tocó inundación. Intenten buscar por Internet un operario que venga un sábado a arreglar el termo y sabrán el alivio que supone encontrar un aborigen entrado en años -que lo mismo arregla un roto que un descosido- delatado por lugareños cómplices.

Había más averías, la linterna de petaca no funcionaba, bastaba con probar la sensación metálica que producía de niño tocar con la lengua los dos polos de la pila para confirmar su exitus. El mosquitero eléctrico estaba exangüe y tenía chamuscada la cabeza del bote triangular.

Busqué un bolígrafo para anotar todo lo que tenía que comprar pero el único que había no se animaba, por más felaciones y vahos calientes que le hiciera. El ferretero me miró sorprendido cuando le pedí una linterna de petaca. «Tengo pilas de petaca -dijo-, pero linternas de petaca hace años que no existen, todas son de leds». Un vacío viejuno me recorrió el cuerpo pensando que yo sí, que yo siempre tuve una.

La joven del mosquitero sonrió cuando pedí el recambio y me soltó: «¡Huy!, estos ya no existen, hay de la misma marca pero ahora son redondos».

Consciente de venir de otro mundo, fui a la librería para comprar el bolígrafo y pregunté temeroso si aún existían los Bic. «¡Sí!», contestó. ¿El naranja que escribe fino y el cristal que escribe normal?, le repliqué. «No, solo el cristal, el naranja hace años que no existe».

Regresé por el túnel del tiempo a casa, al pasado viejuno donde descubrí que vivo.

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