Los fantasmas ocultos


Lo anoté en una de mis libretas. Y me encontré con la cita: «Si uno quiere ocultar sus fantasmas, los hace más grandes». Parece ser que se trata de un proverbio de Groenlandia. Vaya usted a saber. Lo cierto es que tengo la sensación de que pasado ya un año desde el inicio de esta pesadilla coronavírica, en algunos aspectos hemos ido a peor. Tenemos vacuna (lo que mejora la salud), millones por doquier (lo que mejora las expectativas de crecimiento), y una política de comunicación desde el Gobierno de Madrid que siempre ha negado la mayor. 

Al principio, en cuarentena plena, aplausos y resistiré para seguir viviendo. Después, los mítines de Sánchez, uno tras otro, y con los mismos tópicos. Y, más tarde, un plan que solo se fundamenta en un plan principal: ganar poder. ¿Galicia importa? Yo se lo contesto: ni lo más mínimo.

Si volvemos la vista atrás y contemplamos lo que ha sucedido en la política en la última semana, regresan los fantasmas. Los peores. Tuve la sensación de que los ciudadanos no importamos absolutamente nada. Somos una papeleta andante para muchos políticos, los peores. Juegan sus partidas de ajedrez, en plena pandemia, sin que parezca importarles demasiado la suerte de los ciudadanos. Me cuesta recordar un espectáculo tan funesto en muchos años.

La degeneración de la vida política española es absoluta: una moción presentada, una Cámara disuelta, más mociones de censura, trucos de prestidigitadores del derecho parlamentario, y una sensación de indefensión que me corroe los huesos. Nunca he confiado en el actual Gobierno de España, ni lo más mínimo. Sánchez, en mi opinión, es la figura política más opaca de la reciente historia española. Iglesias, ni lo califico. Ambos tienen asumida la máxima que la derecha en ocasiones olvida: solo importa el poder. Arrimadas se ha sumado al carro. ¿Sanear cuentas o crear perspectivas de bienestar? Para qué. Por eso regresan todos mis fantasmas. Y no quiero ocultarlos para que no se engrandezcan.

Tengo miedo. Miedo al futuro, porque nuestra clase política, en general, no vuela demasiado alto. Pocos se distinguen en la dedicación plena al servicio público. Priman las estrategias de guerrilla política. Ciudadanos dejará de existir recostando su partido en la cuna del PSOE. Podemos se hará fuerte con sus votos, aunque cada vez serán menos. Los independentistas no cejarán en su empeño de deconstrucción del Estado. ¿Y la derecha? Quizá esperando un valedor, un emancipador, que la libre de una vez por todas de sus complejos. Que no mire atrás y tampoco demasiado al presente. Lo dijo Churchill: «Si comenzamos una discusión entre el pasado y el presente, descubriremos que hemos perdido el futuro». Y de ahí mis fantasmas. El futuro, con Sánchez e Iglesias al timón, ya solo me produce pavor.

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