Una de las ventajas que da la edad y haber vivido algo es saber que nada es imposible, que las circunstancias pueden cambiar en cualquier instante y que hay que esperar lo inesperable. Cuando nos acercamos al primer aniversario de la declaración del estado de alarma y del confinamiento, que no solo nos obligó a atrincherarnos en nuestros hogares sino que paralizó nuestra economía y silenció de golpe nuestras habitualmente bulliciosas y ruidosas calles y ciudades, parece imposible que hayan transcurrido ya 365 días. Hora sobre hora, día sobre día, semana sobre semana hemos afrontado con desconcierto, incertidumbre, angustia y dolor la privación de algunos de nuestros derechos y libertades fundamentales para proteger la salud de todos contra un enemigo tan letal como desconocido. Hemos pasado minutos y más minutos leyendo, oyendo y viendo las noticias sobre la multitud de fallecimientos de nuestros ancianos, los más vulnerables, aquellos que lo dieron todo por nosotros y este país y que, en el momento más difícil, se sintieron abandonados a su suerte en residencias desbordadas por la enfermedad, alejados del apoyo y cariño de sus familiares y, sobre todo, solos en el momento de su tránsito de esta vida.
Hemos hablado, discutido, cuestionado, criticado todas y cada una de las medidas tomadas por los políticos que nos gobiernan a sabiendas de que no solo no han estado a la altura de las circunstancias, sino que nos han mentido una y otra vez, quizá con el afán de que no cundiera el pánico más allá de lo ya conocido. Muchos han perdido sus trabajos y han pasado de disfrutar una vida plena a recurrir a la ayuda social y a los comedores públicos. Los que ya vivían en una situación precaria han acabado al límite. Y la mayoría afrontamos con resignación el uso de la incómoda mascarilla, el mantenimiento de la distancia de seguridad y el lavado continuo de manos, a la espera de que una vacuna nos permita respirar un poco más tranquilos. Parece mentira que haya transcurrido un año, pero lo que parece todavía más increíble es que no sepamos cuándo podremos dejar todo esto atrás.