Italia, capital Madrid

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Ricardo Rubio | Europa Press

12 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Hasta que en el 2014 comenzó la radical y funesta metamorfosis del sistema de partidos español, nuestra política tenía por fortuna poco que ver con la italiana. Compartíamos, sí, los recurrentes fenómenos de corrupción, que en la gran república desembocaron en un auténtico seísmo -la conocida como operación Mani Pulite (Manos Limpias)- y que aquí, como allí, se traducían en escándalos que asaltaban a todos los partidos.

Pero mientras Italia era el reino de las organizaciones criminales, vivía el parlamentarismo más inestable de Europa, con presencia de fuerzas populistas y de extrema derecha, y consumía gobiernos y elecciones a velocidad de espanto, España no sufría -ya consolidada la democracia- la criminalidad organizada a gran escala (con la excepción, claro, de la banda terrorista ETA) y nuestro parlamentarismo fue durante más de tres décadas uno de los más estables de todo el continente.

Solo después del 2014, y por diversos motivos que aquí no puedo analizar, pero entre los que destacaron los graves descontentos provocados por la recesión que se nos estalló en el 2008 entre las manos, nuestro sistema político se avecinó a paso de gigante, para mal, al italiano: gran inestabilidad, pluralismo extremo, repetición de elecciones, legislaturas non natas o raquíticas y entrada en las Cortes de partidos populistas y extremistas. Hay un parecido más, en todo caso, entre España e Italia, que es el que ahora, tras los bochornosos acontecimientos de Murcia y de Madrid, deseo subrayar: al igual que Italia -cuya clase política es el colmo de la frivolidad, la irresponsabilidad y el egoísmo-, España vive hoy presa de las triquiñuelas de sus partidos, rehenes a su vez de las ambiciones de sus líderes.