Italia, capital Madrid


Hasta que en el 2014 comenzó la radical y funesta metamorfosis del sistema de partidos español, nuestra política tenía por fortuna poco que ver con la italiana. Compartíamos, sí, los recurrentes fenómenos de corrupción, que en la gran república desembocaron en un auténtico seísmo -la conocida como operación Mani Pulite (Manos Limpias)- y que aquí, como allí, se traducían en escándalos que asaltaban a todos los partidos.

Pero mientras Italia era el reino de las organizaciones criminales, vivía el parlamentarismo más inestable de Europa, con presencia de fuerzas populistas y de extrema derecha, y consumía gobiernos y elecciones a velocidad de espanto, España no sufría -ya consolidada la democracia- la criminalidad organizada a gran escala (con la excepción, claro, de la banda terrorista ETA) y nuestro parlamentarismo fue durante más de tres décadas uno de los más estables de todo el continente.

Solo después del 2014, y por diversos motivos que aquí no puedo analizar, pero entre los que destacaron los graves descontentos provocados por la recesión que se nos estalló en el 2008 entre las manos, nuestro sistema político se avecinó a paso de gigante, para mal, al italiano: gran inestabilidad, pluralismo extremo, repetición de elecciones, legislaturas non natas o raquíticas y entrada en las Cortes de partidos populistas y extremistas. Hay un parecido más, en todo caso, entre España e Italia, que es el que ahora, tras los bochornosos acontecimientos de Murcia y de Madrid, deseo subrayar: al igual que Italia -cuya clase política es el colmo de la frivolidad, la irresponsabilidad y el egoísmo-, España vive hoy presa de las triquiñuelas de sus partidos, rehenes a su vez de las ambiciones de sus líderes.

Sí, hay excepciones, pero no hacen otra cosa que confirmar la regla general, que es la que resulta verdaderamente relevante: la que sentó el PNV al apoyar una moción de censura contra el PP inmediatamente después de votar sus Presupuestos; la que sentó Sánchez al aliarse con los enemigos de la Constitución para llegar a presidente; la que sentó el PSOE, que bendijo a su líder por lo mismo (intentar pactar con Podemos y el separatismo) por lo que antes lo había defenestrado; la que sienta Podemos, al tiempo en el Gobierno  y en la oposición; la que sienta el PP cada día, cambiado su definición estratégica: hoy centro-derecha, mañana centro-centro y pasado chi lo sa; y la que acaba de sentar Ciudadanos, partido que parece estar dispuesto a lo que sea con tal de borrar la señal que lleva inscrita en la frente desde hace muchos meses: la de su irremisible desaparición.

Si el bandazo en Murcia y Madrid de una irreconocible Inés Arrimadas, en sincronía con este PSOE siempre atento a meter el cucharón en cualquier guiso, resultaría en cualquier  caso vergonzoso, en la situación económica, sanitaria y territorial que atraviesa hoy nuestro país constituye, en palabras de la propia Arrimadas que ayer recordaba aquí oportunamente Fernando Onega, una increíble irresponsabilidad.

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