Los reyes, como los dioses


Mal momento. El Gobierno está irritado; Felipe VI, incrédulo; Zarzuela, preocupada; los monárquicos, afectados y los españoles, escandalizados y cabreados. Este es el panorama. Porque no hay mañana que no nos rompa el sueño un nuevo comportamiento escandaloso de Juan Carlos I y familia. Y así llevamos años.

La vacunación de las infantas en Abu Dabi no es lo más grave de lo ocurrido en la monarquía y su entorno. Tráfico de influencias, sobresueldos, tarjetas opacas, testaferros, donaciones a amigas, regalos, cobro de comisiones, son solo algunas de las trastadas, por llamarlas algo, a las que nos acostumbramos. Y es que, como ocurrió antaño, especialmente con Isabel II y Alfonso XIII, el comportamiento de nuestros monarcas, que viven en monterías, recepciones y viajes de placer, rodeados de millonarios aduladores y espabilados que se sirven de la relación, resulta poco ejemplarizante. Claro que puede que incluso sea algo más ejemplar que el de la Agencia Tributaria, esa que según parece es de todos y que por serlo nos persigue con saña, y que lleva años mirando hacia otro lado aunque ahora recibiera con alivio las regulaciones del emérito, en lo que supone el reconocimiento de un delito fiscal.

Esconder los problemas no es la solución. Lo sabemos, pero caemos en el error. Dejar pasar el tiempo no hace más que profundizar en los dislates. Y eso es lo que hacemos. Desde la Transición no queremos enterarnos y justificamos uno tras otro los desmanes tratando de separar lo institucional de lo personal y lo deshonesto de lo delictivo. Podemos seguir así o acometer de una vez por todas, la regularización de la Corona, si se quiere que España siga siendo un reino. Hay que delimitar su régimen jurídico, establecer sus límites y los de los demás familiares. Llegados a este punto, y aunque hay que reformar la Constitución, se antoja urgente e imprescindible definir el marco legal de esta monarquía. Porque siguiendo así parece que convalidamos aquello que decían los antediluvianos libros de historia de que los monarcas poseen un poder divino que emana directamente de los dioses. Por eso les consentimos todo.

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