No es bueno que el Gobierno esté solo


Como vieron antes que nadie los padres fundadores de los Estados Unidos, el régimen representativo es un complejo sistema de frenos y contrapesos (checks and balances) que determinan que quién ejerce el poder lo haga sujeto tanto al control institucional de otros órganos del Estado como al control político de la sociedad.

Cuando el sistema representativo alcanza su fase democrática (es decir, tras introducirse el sufragio universal) el buen funcionamiento de esos frenos y contrapesos exige un equilibrio razonable entre los partidos que gobiernan y los que están en la oposición, de modo que, si aquel quiebra, las posibilidades de que el gobierno abuse de su poder aumentan de forma exponencial.

Más allá de la fuerte pulsión autoritaria que anida en las filas de Podemos y en sectores significados del PSOE (con su máximo dirigente a la cabeza) y más allá de las dudosísimas convicciones democráticas de sus aliados (EH Bildu no las tiene en absoluto y las de ERC, impulsor de un golpe de Estado, cabe ponerlas legítimamente en entredicho) lo cierto es que el Gobierno de coalición ha llegado a estar convencido de que puede hacer lo que le plazca (desde nombrar fiscal del Estado a una exministra hasta administrar sin controles efectivos docenas de miles de millones de fondos europeos) por la sencillísima razón de que la oposición está desaparecida en combate (PP y Ciudadanos) o es fácilmente descalificable con ese epíteto que hoy envía de inmediato a todo el que lo recibe a la tinieblas exteriores: los de Vox son unas fascistas y ya está todo dicho.

Esta es la razón por la que la debilidad extrema del PP, al parecer dispuesto a dejarse despellejar desde su izquierda y su derecha sin otra respuesta que dar muchos bandazos y hacer el ridículo con algunas chuscas ocurrencias, es un desafío sistémico de nuestra democracia y no solo el problema de un fuerza política que ha perdido su camino y es incapaz de volver a encontrarlo en el clima de delirio que hoy domina la política española. De Ciudadanos cabría decir algo similar, aunque peor: constatado el hecho de que la actual polarización derecha/izquierda no deja espacio alguno para el intento centrista que representó en su día el partido naranja, cualquier líder sensato (y Arrimadas ha probado serlo) se plantearía hoy si no hay que reagrupar fuerzas frente a un adversario que está planteando un modelo de país que poco o nada tiene que ver con el de la Constitución.

Para cerrar tal círculo infernal, la debilidad del PP y Ciudadanos es la plataforma ideal para que Vox alce un discurso populista -según ha podido verse con toda claridad en Cataluña- que tienen tantas posibilidades de evitar una alternativa a la mayoría Frankenstein a la que se refirió en su día el socialista Rubalcaba, como ninguna de llegar a sustituirla en el poder. Y que, por ello mismo, es hoy el caballo de Troya en el que confía el Gobierno de coalición para destruir la cada vez más débil fortaleza del centro-derecha democrático español.

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