Un año

Javier Armesto Andrés
Javier Armesto CRÓNICAS DEL GRAFENO

OPINIÓN

Marta Fernández Jara | Europa Press

Estos días se cumple un año de la pandemia de coronavirus -en realidad empezó antes, pero en Europa vivíamos en un limbo-. Escucharemos y leeremos cantos generales sobre la resistencia de la población y la inocencia perdida, y entusiastas loas a la heroica y ejemplar actitud de los sanitarios e investigadores de la vacuna. Nunca ningún colectivo recibió tantos ditirambos por hacer su trabajo. Es como si a los arquitectos los elevan a los altares por proyectar edificios que no se desploman, a los empleados de la industria alimentaria por no envenenarnos con la comida o a los conductores de autobús por no lanzarse como kamikazes contra el primer muro que se cruza en su camino. No digo que no aplauda a los médicos, pero en fin, que no voy a salir al balcón a montar una performance cada vez que algo funciona como es debido.

Lo que seguramente pasará de puntillas es el brutal y escandaloso recorte de libertades y derechos experimentado en nombre de la guerra santa contra el virus. Lo de no poder sentarse en una terraza a tomarse una cerveza es una anécdota al lado de la gente a la que no le han permitido enterrar a sus familiares, ni siquiera velarlos; los que tienen a su padre o a su madre secuestrados en residencias desde hace meses, o los que no pueden visitar a sus hijos porque estudian en otra ciudad. Toques de queda, cierres de negocios, aplicaciones para tener controlada a la población, propuestas de inmunización forzosa, pasaportes vacunales para poder moverse libremente... Solo falta la cartilla de racionamiento. Dudo de que en un conflicto bélico real hubiera tantas limitaciones y restricciones.

El mundo covid-19 se gestiona de acuerdo a dos criterios, el político y el científico. El primero ya sabemos qué señor sirve, nos dirán que es por nuestro bien pero solo busca réditos electorales y cada decisión está motivada por las décimas de intención de voto que puedo arañar o la capacidad para desacreditar al partido rival; el segundo tiene todo mi respeto, pero presenta el problema de que supedita a la salud todo lo demás. Es decir, al epidemiólogo, al responsable hospitalario o al especialista que se pelea en la uci solo le interesa acabar con el bicho, a cualquier precio. Que se pare el mundo, que ya lo arreglaremos cuando esto termine. Pues ya veremos cuándo termina y cuánto tiempo tardamos en arreglarlo.