Aristóteles concluía que no había ninguna forma de gobierno superior a otra y que la variable determinante estaba en el gobernante, advirtiendo que éste -por muy bueno que fuera- siempre acababa transformándose en un tirano si carecía de controles externos.

Pensadores contemporáneos como Jason Brenan, en el reciente libro Contra la democracia, reflexionan sobre el funcionamiento de las democracias actuales proponiendo que, para mejorar la calidad de las mismas, no todo el mundo debería tener derecho al voto, ya que no todos los ciudadanos están capacitados para tomar decisiones complejas y votan arrastrados por ideologías, simpatías y emociones condicionadas por la propaganda o el desinterés (el brexit, el procés o Hitler son ejemplos de cómo decisiones tomadas democráticamente pueden resultar desastrosas para el pueblo). Brenan propone también que los gobiernos deberían estar compuestos únicamente por gentes de solvencia contrastada y no de advenedizos o trepadespachos como suele ser habitual.

La democracia se basa en el voto universal y secreto, la prensa libre y un poder judicial independiente.

No le falta razón a Pablo Iglesias cuando señala las imperfecciones de nuestra democracia, solo que esas debilidades lo son de todas las democracias y por razones bien distintas a las que aduce el vicepresidente podemita.

Para que la traducción de votos en escaños fuese realmente igualitaria tendría que resolverse bajo la fórmula «cada persona, un voto»; y, en caso de no obtenerse ganadores claros, recurrir a una segunda vuelta con los dos candidatos más votados, que evitara tener que recurrir a pactos contra natura como los que vemos.

Otra debilidad es la partitocracia, donde los candidatos no representan al ciudadano, sino a sus partidos. Los electores tenemos que votar una lista, lo que supone que los candidatos no se deben al elector, sino al jefe del partido, que es quien los pone en el lugar donde pueden salir elegidos. Los partidos -como su nombre indica- sirven para partir, no para cohesionar la sociedad.

Los controles al gobierno son quimeras, el gobierno no da cuentas a nadie salvo en períodos electorales, donde suele mentir sus intenciones y la propaganda difumina incumplimientos previos. La democracia necesita controles donde cada uno vigile de cerca al otro, como señalaron los atenienses. El poder embriaga y el ser humano es susceptible de pervertirse, haciendo de un demócrata un tirano en dos telediarios.

Para evitarlo están la oposición política, los medios de comunicación y los jueces, pero ¿qué sucede si gobierno y oposición controlan la carrera de los jueces y quieren controlar a los medios? ¿Qué sucede cuando nuestra soberanía depende de políticas que nos dictan desde fuera? ¿Alguien puede creer que con la deuda que tienen las democracias pueden ser independientes?

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