La geografía española tiene una línea de oro de la información: la que une Madrid y Barcelona. Hace unos años era un triángulo cuyos vértices eran Madrid y Barcelona, como siempre, y se añadía el País Vasco, bien por el terrorismo, bien por las pulsiones independentistas. Para que el resto del país exista informativamente tiene que darse una de estas circunstancias: un accidente grave, una protesta masiva, un asesinato (preferentemente de una mujer), alguna crisis política o un dirigente regional cuyo criterio interese mucho a los periodistas, preferentemente en el ámbito de una crisis de partido. Es el caso de Núñez Feijoo en Galicia. Todo lo demás no interesa, lo cual quiere decir que no existe a efectos de su impacto en el poder nacional.
Se pudo comprobar perfectamente en el último temporal conocido como Filomena. Menos mal que nevó mucho en Madrid, porque los daños producidos por la nieve en otras ciudades y provincias apenas se difundieron. Se comprobó también en las elecciones catalanas: fueron tratadas como si fuesen unas elecciones generales y todos sus candidatos fueron entrevistados como si de sus resultados dependiese el futuro del país. En las gallegas, si hubiéramos hecho una encuesta entre periodistas de otro lugar de España sobre el nivel de conocimiento de Ana Pontón, Gonzalo Caballero o cualquier otro candidato, nos llevaríamos una profunda decepción. Es muy conocido el alcalde de Vigo por las luces de Navidad. A Coruña parece que no tuvo alcalde desde que Paco Vázquez se fue al Vaticano. En cambio, creo que Pablo Iglesias llevó la contabilidad de lo que salía en televisión el vicepresidente de la Comunidad de Madrid y salía más que los desahucios. Es otra vertiente del centralismo.
El asunto es grave, porque a la España vacía y vaciada se une la España silenciada, y esa España tiene problemas muy serios y registra movimientos que denotan un profundo malestar social. Acabo de conocer, por ejemplo, un informe de Extremadura que llega a la conclusión de que en 40 años, si continúa la emigración y el descenso de la natalidad, esa región no tendrá ningún joven. Cerca de allí, la provincia de Jaén está en pie de guerra porque la vecina Córdoba le arrebató una instalación militar y se teme que haya sido por la influencia de la vicepresidenta Calvo, que es cordobesa. Las regiones más duramente castigadas por el paro, en las que el desempleo juvenil supera el 50 % también existen, pero nadie cuenta por qué los jóvenes ya no se molestan en buscar empleo.
La provincia de León hizo protestas contra el abandono que sufre y que la está dejando en niveles de pobreza, pero no recuerdo que su clamor haya llegado a ningún sitio, ni informativo ni político. La falta de atención mediática solo le viene bien a los poderes del Estado: sabiendo que un problema no se airea, es como si no existiese.