En el siglo I de nuestra era ya se registran momentos en que Séneca, en su sátira Apocolocyntosis, o Tácito, en sus Anales, se burlan del culto a los emperadores que se había iniciado en el reinado de Augusto. Algunos de estos dioses, que levantaban templos a sí mismos, fueron adorados en vida y aceptaron el tratamiento de divino, mientras lucían su paranoia, su desarreglo personal y político. Pero la historia demuestra que, lejos de ser una excepción, estas y otras patrañas semejantes acompañaron y fundamentaron hechos y procesos que han definido nuestra civilización.
Aunque muchos analistas dan a entender que las falsedades y las trapalladas llegaron a la política en nuestro tiempo, de la mano de las redes sociales, la historia demuestra que muchas memeces y desenfoques fueron tenidos por tratados filosóficos, y que algunos zotes supinos han conseguido abducir a sabios y políticos a base de mentir o decir bobadas en el contexto y el momento oportunos. Por eso los politólogos, historiadores y hermeneutas andan buscando explicaciones a esta abrumadora realidad.
Ha pasado un siglo desde que Droysen, que buscaba las claves para establecer un diálogo interpretativo entre pasado y presente, formuló su idea de los poderes morales que orientan y dan continuidad al proceso histórico. Y poco después fue Gammson quien, basándose en los modelos de acción social, logró explicar la coherencia e integración de las respuestas individuales que -gracias a la persistencia de los problemas, la cultura y las condiciones sociales y políticas- damos a los retos colectivos. La idea general, reforzada, entre otros muchos, por Berger, L. White, Tilly, Rokkan, Oakeshott o Aydelotte, supone que las acciones sociales, y las consecuencias que de ellas se derivan, no pueden explicarse sin vincularlas a un contexto -o a una situación, dijeron Gunkel y los hermeneutas bíblicos del Sitz im Leben- que explique por qué se originan, se aceptan y operan con éxito, incluso, contra la racionalidad cotidiana.
Todo este rollo puede servir para decir que un pronunciamiento como el que los independentistas perpetraron el martes, contra la vigente Constitución, y contra el sistema democrático derivado de ella, solo es posible porque, de forma consciente o inconsciente, hemos creado un ambiente, una situación y un contexto social en el que la falsedad predomina sobre la verdad, las contradicciones flagrantes no son percibidas, y las relaciones causales entre lo que hacemos y lo que padecemos no resultan visibles en su evidente y ortogonal rudeza.
Por eso es necesario que, antes de quejarnos de la deriva en la que hemos entrado, nos preguntemos en qué momento perdimos el rumbo, o cuándo las mayorías se acomplejaron ante las minorías, y dejaron pasar el reguero de disolventes que amenaza el ser y el futuro del país. Somos las mayorías las que hemos perdido el control de la situación, porque a las minorías les basta con aprovecharse de las oportunidades que nuestro derrotismo les está ofreciendo.