Una familia ha escrito a nuestra unidad de hospitalización a domicilio una preciosa carta en la que narra sus periplos antes de nuestra intervención. En uno de sus párrafos reflejaban este pensamiento: «Entiendo que una persona desahuciada no es una prioridad, lo importante es asignar los recursos a los que pueden vivir, pero enfrentarse a la muerte, asumirla y tratar de que un ser querido se muera con dignidad y con los mínimos síntomas negativos posibles y ofrecerle la máxima calma... no es algo menor».
Vivimos en un mundo en el que nos gusta secuestrar palabras, conceptos, imágenes... y convertirlos en eslóganes, neoconceptos. A poco que escarbamos y analizamos, observamos cómo se pervierte su verdadero significado quedando anclado en nuestro cerebro, aparcando el todo y dejando que la parte sea la verdad, lo aceptado, lo lícito. Y entonces, ¿el todo donde se queda?
Hago esta reflexión porque, desde hace años, la muerte digna es motivo de mi quehacer diario, pero desde el concepto del todo. Y de este todo es de lo que nos hablaba la familia en su carta.
En la ley gallega de derechos y garantías de las personas enfermas terminales, del 2015, se busca proteger la dignidad de la persona y salvaguardar su intimidad y confidencialidad; defender proactivamente la libertad, la autonomía y la voluntad del paciente, respetando sus deseos, prioridades y valores en el proceso del final de su vida. Y garantizar el derecho a recibir cuidados paliativos integrales, un tratamiento adecuado tanto para el proceso físico como para los problemas emocionales, espirituales o sociales. Para mí, este es el todo.
¿Por qué hablo de palabras secuestradas? Porque, últimamente, parece que muerte digna es solo la eutanasia. Las personas a las que se les administran cuidados paliativos de calidad según lo expuesto en la ley antes mencionada, con un adecuado control de los síntomas físicos y psicológicos, intentando subsanar los problemas sociales, acompañándoles tanto al paciente como a la familia en esta fase final de su vida -¡qué es vida!-, que fallecen en su domicilio, centro residencial o en las unidades de cuidados paliativos, ¿no es una muerte digna?, ¿no es esto el todo?
En mi opinión, este debería ser el paradigma general y deseable para todas las personas, unos cuidados paliativos de calidad intensificados en la fase final de la vida, buscando la máxima dignidad de la persona, adecuando los cuidados a las necesidades y deseos del mismo, evitando la obstinación terapéutica y realizándose en el escenario más adecuado para el paciente (domicilio, hospital, centro residencial..). Y quizás, entonces, la eutanasia sería una de las alternativas a tener en cuenta, pero sin que secuestre todo lo demás, porque la dignidad en el proceso de morir no puede estar ligado a una única opción.
Volviendo al primer párrafo, deseo que mejoren los cuidados paliativos en toda nuestra comunidad para que ninguna familia más crea que una persona terminal no es una prioridad para el sistema y así podamos hablar de morir con dignidad desde el concepto del todo.