La sabiduría se extrae de la experiencia. Necesitamos decisiones meditadas y sabias. No podemos acelerar para volver a estrellarnos contra la fuerza del virus. Pero los números señalan una débil luz y la oportunidad de hacer bien las cosas. Tenemos la obligación de ser honestos y dejar claro que hemos avanzado poquísimo. Es necesario que se valore en el comité clínico la posibilidad de actuar, como en otras autonomías, moviendo los marcos de los cierres perimetrales, de la misma forma que se tenderá la mano a una hostelería asfixiada.
Si alguien sabe de marcos somos los gallegos. Los periodistas de esta casa han puesto negro sobre blanco, en reportajes, con testimonios e imágenes, que las limitaciones de los cierres perimetrales chocan de forma clamorosa con la realidad diseminada de la población gallega. Familias que tienen prohibido comprar en el supermercado de enfrente de su casa y que se ven condenadas a recorrer kilómetros dentro de su concello para abastecerse. No pueden aplicar el sentido común porque cruzar esa calle sería violación del cierre perimetral.
Poseídos de la fiebre de la sanción, levitamos gravemente sobre lo natural. Es un dislate. La Xunta no conoce Galicia. No sabe que existe una realidad comarcal que está viva desde siempre.
La saturación hospitalaria, siempre con los datos como hoja de ruta, puede indicar con sensatez que vecinos de Vigo tienen que seguir perimetrados para no ir a ver a sus familiares a aldeas de Ourense. O que los de A Coruña no deben adentrarse en Curtis. Esos viajes fueron letales cuando se relajaron las normas en las Navidades, con el resultado nefasto que todos lloramos. Pero sí parece plausible que las restricciones deban ceñirse a los ritmos de los ciudadanos, sin poner en riesgo la situación sanitaria. No sería una rebelión contra el tribunal de la lógica.
Hay comunidades que nos han tomado la delantera en asumir estos hechos y aplicarlos. Cataluña pasó de cierres municipales a cierres comarcales cuando los expertos lo aconsejaron. El País Vasco permite ir a los ayuntamientos vecinos para hacer deporte o por motivos de abastecimiento. Es el imperio de lo razonable. Lo que hay que evitar es que se cruce Galicia con el fin de visitar a familiares para ponerlos en peligro en circunstancias en las que se relajan hábitos, cuando caen las mascarillas y decae la distancia de seguridad. Pero, dentro de las condiciones impuestas, es sensato que se pueda cruzar la calle al concello de al lado para hacer la compra, sin jalear reuniones con no convivientes. O para practicar deporte, con la normativa vigente.
La desescalada debe ser lenta y sabia. Sabia quiere decir que las comarcas pueden tener algo que aportar, así ha sido siempre en la geografía de Galicia que reflejó Domingo Fontán hace ya tanto tiempo. Cejemos en perpetrar encerronas contra los usos y costumbres.