Y Sánchez rompió su silencio


Ayer había un estado de opinión publicada: muchos periódicos, programas de radio y comentaristas reprochábamos al presidente del Gobierno su silencio sobre los disturbios vandálicos de las últimas noches. Algunos añadimos ese silencio a los ya habituales sobre otras cuestiones trascendentes, como las trifulcas interminables y crecientes en el seno del Consejo de Ministros. Otros recordaron que el señor Sánchez no da una rueda de prensa desde la que hizo a finales de diciembre como balance del año. Y un tercer sector anotó que callar es envalentonar a Podemos en su insólita defensa de los «jóvenes antifascistas que luchan por la libertad», según expresión del portavoz Pablo Echenique.

Quizá movido por ese clima de exigencia, ayer se animó a hablar y lo hizo con la claridad que se podía esperar de un presidente del Gobierno, incluso con el riesgo de aumentar las diferencias que le separan de su vicepresidente: «La violencia es inaceptable en una democracia plena como España». La frase es corta, pero contiene dos balas: una, la condena de los cafres del mechero y el adoquín; otra, la consideración de la democracia española frente al negacionismo del señor Iglesias. ¿Ha visto qué fácil, presidente? Basta un canutazo en cualquier momento para enviar mensajes a la opinión pública. El silencio solo crea incertidumbre, desorientación e inquietud.

Al hacer esta reflexión, me llega el último estudio sociológico de Metroscopia, dirigido por José Juan Toharia, a partir de los datos del CIS sobre el índice de confianza del consumidor. Según sus conclusiones, de ese barómetro se desprende que «la sociedad española muestra signos de fatiga y desesperanza». En el gráfico elaborado se percibe claramente que la confianza de los ciudadanos ha sido alta en momentos puntuales: la moción de censura que tumbó a Rajoy y cuando se repitieron las elecciones en el 2019. A partir de ahí sufrió fuertes altibajos en cuanto a las expectativas y está por los suelos en la contemplación de la realidad actual. Conclusión técnica de Toharia: el persistente pesimismo y la desesperanza sugiere que «España es hoy un país cansado y necesitado de certezas».

Es complicado transmitir certezas en medio de una agobiante crisis sanitaria que la vacunación no consigue aliviar y ante un incierto horizonte económico. Y es complicado, sobre todo, si el Gobierno de la nación, a quien corresponde la iniciativa política, es incapaz de demostrar una mínima unidad ante asuntos vitales para la convivencia y la economía. Pues ahí tiene trabajo el presidente. Y ese trabajo quizá consista en algo tan sencillo como hizo ayer: hablarle más al país, ofrecerle seguridades y despejar las dudas que hay en la sociedad. Eso no se puede hacer con un canutazo, pero sí se puede hacer en una rueda de prensa o en algo que ya va tocando: un debate sobre el estado de la nación.

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