Durante mucho tiempo, antes incluso de Franco, que tanto la favoreció, como al País Vasco, con unos planes de desarrollo que invertían en esos dos territorios la inmensa mayoría de los recursos del Estado destinados al progreso industrial, Cataluña fue un emblema de modernidad, civilización y cultura. Es una de las pocas regiones de Europa que participó desde el primer momento en la industrialización. Y hasta hace muy poco era la más europea de nuestras regiones, en el sentido más amplio. Cuando el periodista y viajero Francisco Mariano Nifo la definió en el siglo XVIII como «una pequeña Inglaterra dentro de España» no se refería solo a su pujanza económica o al seny como un remedo del common sense. Aunque en las primeras décadas del XIX el auge del nacionalismo, con su carga de xenofobia, racismo y mixtificación de la historia, empezó a destruir ya esa imagen, hasta hace no tanto muchos mantenían viva la metáfora del «oasis catalán», acuñada en los años 30 por el periodista Manuel Brunet en referencia al deseo de un buen gobierno.
Produce tristeza comprobar que ese supuesto oasis de civilización se ha convertido en una ciénaga política y en uno de los territorios peor gobernados de Europa. A Cataluña se la reconoce hoy internacionalmente más por el caos jurídico y político en el que lleva sumida desde hace años que por su vigor industrial o su potencia cultural. El culmen de esa carrera suicida se alcanza en estas elecciones, con las que Cataluña se sitúa al nivel de una república, sí, pero bananera. Empezando por la forma en la se convocaron, después de que Joaquim Torra se borrara del mapa haciéndose inhabilitar por una nimiedad como colgar unas pancartas en la sede de la Generalitat, pasando por la insensatez de que se celebren con la pandemia matando a destajo, con los miembros de las mesas embutidos en trajes EPI, ofreciendo así una imagen internacional de hecatombe sanitaria que excede la realidad, o por la absoluta irresponsabilidad de permitir que los enfermos de coronavirus rompan la cuarentena y acudan a votar exponiendo al contagio a ciudadanos sanos. El esperpento culmina con la Generalitat planteando la posibilidad de que las papeletas no se cuenten este domingo si al final hay muchas deserciones en las mesas.
En esas condiciones ya casi son lo de menos las barbaridades escuchadas en esta campaña -«limpieza de españoles», prometió, nada menos, un candidato -; el que unos condenados por sedición a los que el Supremo ha negado el tercer grado den mítines sin que la Fiscalía lo recurra, como si la campaña fuera una tregua en la que no impera la ley; el disparate de que un vicepresidente del Gobierno como Pablo Iglesias diga que en España no hay «normalidad democratica», o la cavernícola imagen del lanzamiento de piedras a los dirigentes de Vox. Políticamente, solo resta saber qué facción del separatismo la va a gobernar. Es decir, si le irá mal o peor. Pero, con unos o con otros, lo que cabe es entonar un réquiem por Cataluña y preguntarse cómo ha caído tan bajo partiendo desde tan alto.