Los veo salir del instituto cabizbajos. En la universidad ya solo se acercan de vez en cuando en las aulas, o en las bibliotecas, y su semblante es una herida. Hebe, la hija de Zeus y de Hera, personificación de la juventud, está triste. En el Olimpo era una joven que escanciaba el néctar a los dioses que el amo, Zeus, invitaba a sus francachelas. También dicen que fue esposa de Heracles y que por esta unión obtuvo el don de la eterna juventud, del que solo disfrutan los divinos. Hebe está triste, digo. Un día como hoy saldría de la mano de los mozos y su alegría. Pero no puede. Porque a los muchachos el virus también les está robando la vida. De casa al instituto y del instituto a casa. Ignoro si nuestros jerarcas políticos también manejan esas estadísticas, las de la tristeza o la ansiedad. Si han hablado con directores y profesores. Que les cuenten. Los únicos números que conocemos son los del covid, enfermos, salvados, ucis, camas, alumnado afectado, siete en un colegio y tres en otro, pero nadie nos cuenta los números del ánimo. No figuran en las estadísticas oficiales y nadie ya parece tenerlos. El covid mata, es cierto. Nos ha arrebatado a tantas personas, ha dejado tanto dolor, que ya no sentimos otras dolencias que asolan Galicia. Y las hay. Me pregunto si en verdad alguien se está preocupando de este asunto que relato. Porque créanme, conozco lo bien que lo está haciendo la Administración educativa (todos sus profesionales) en la enseñanza: es un ejemplo para España. Pero desconozco si no nos quedaremos cortos en la valoración, y tratamiento, del alcance de la epidemia. No se trata únicamente de cifras. Es que se nos está yendo por el desagüe la salud del alma de este país, especialmente la de los jóvenes. No digo que ellos sufran más las consecuencias de la pandemia. Digo que ellos son el rostro verdadero de nuestra tierra: el espejo de un país. Verlos así, me desconsuela.
¿Y qué se puede hacer? Quizá hay que rescatar también a la juventud, los vástagos de Hebe. Gastamos millones en recomponer empresas de toda índole. Rescatar a los jóvenes es ahora nuestra urgencia. Su desolación no aparece en las gráficas de los ministerios o las consellerías. Pero no les miento si les digo que el covid está haciendo mucho daño a la mejor generación de nuestra historia. Obsérvenlos a las salidas de los institutos o en los alrededores de las universidades. Apenas se habla de la tristeza: otra epidemia. Ya no hay palmas en los balcones. Ese ha sido otro de los aciertos del Gobierno de Madrid: ocultar la realidad con aplausos y resistirés y aquel «hemos vencido al virus» del verano. Hebe está resignada. Galicia tardará en volver a ser una fiesta.