Elecciones: Sánchez, Castro y Gorbachov


En 1999 la Universidad de Santiago concedió al presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, el título de doctor honoris causa. Gracias a la generosidad del departamento proponente y del profesor Darío Villanueva, rector de la universidad, me cupo la profunda honra y satisfacción de oficiar como padrino del gran político, periodista, jurista e historiador, en uno de los actos más gratos de mi ya larga carrera universitaria.

Sanguinetti, que es hombre de vastísima cultura y fino sentido del humor, guarda en su prodigiosa memoria un mundo de recuerdos y un sinfín de anécdotas, de las que la que ahora les contaré me permitirá hilar la reflexión de esta columna: en una ocasión, y conversando de los problemas de Cuba con el dictador que la gobernó durante casi medio siglo, Castro descubrió a Sanguinetti su receta de entonces: «Cuaaando teeengo que soluciooonar un problemaaa, piensooo en lo que haríaaa Gorbachov… y haaago lo contraaario».

Esa parece ser también la fórmula magistral de Pedro Sánchez para enfrentarse a una campaña electoral: el líder socialista planea lo que hará después de los comicios… y promete lo contrario.

Así actuó durante la campaña para las elecciones de noviembre del 2019, tras las que una mayoría camarote (de los hermanos Marx, of course) lo eligió presidente: prometió que no formaría gobierno con Podemos (posibilidad que le quitaba el sueño), prometió que jamás se apoyaría en los independentistas y prometió («¿cuántas veces quieren que lo repita?») que nunca pactaría con EH-Bildu. Y, después de prometer todo eso, hizo, como Castro con las ideas de Gorbachov, justamente lo contrario: anunció al día siguiente de los comicios que formaría un gobierno progresista (palabra que ya no vale nada) con Podemos y concertó una mayoría en la que estarían los posterroristas y los secesionistas.

Ahora, y para asombro de cualquiera que no sea un forofo de los engaños en política, ha viajado a Barcelona con motivo de la campaña para esas elecciones catalanas que se celebrarán en medio de una pandemia pavorosa, y, como suele decirse, con dos narices (también cabe subrayarlo de otro modo, impublicable), ha comparado a los secesionistas con Trump, por su ataque (el de los secesionistas) a las instituciones. La comparación es del todo procedente, salvo por el hecho de que Trump intentó dar un golpe de Estado y los secesionistas lo culminaron, y por eso fueron juzgados y condenados por los tribunales de justicia.

No es por tanto la comparación lo que lleva a asombro, sino el hecho de que Sánchez ha gobernado hasta ahora y lo seguirá haciendo en el futuro con los secesionistas trumpistas y la certeza de que a eso aspira en Cataluña el licenciado en Filosofía (que no filósofo) que ha enviado allí a competir por la Generalitat. Obtenga Illa el resultado que obtenga, solo podría gobernar con el apoyo de ERC y, en su caso, de los Comunes, y por ello mismo proclama Sánchez en campaña… todo lo contrario. A eso se le llama, entre otras cosas, tener cara.

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