Hacían sonar con fuerza una campana que convocaba al encierro en los hogares cuando la noche oscurecía la tarde, era el toque de ánimas que en su denominación original instauró el toque de queda, la llamada a la calma o quietud, que conminaba al encierro de los ciudadanos en sus casas.
Estábamos en una Europa medieval, en donde las ciudades y sus habitantes vivían en casas construidas con madera, que con frecuencia, sobre todo en los duros y fríos días del invierno, ardían quemando pueblos enteros.
Por esa razón el toque de queda se llamó en francés couvre feu, o copri fuoco en italiano. Y traigo aquí una línea perdida de un bello poema de Paul Eluard dedicado en 1942 al toque de queda que señala que por aquellos días «la ciudad estaba bajo custodia», porque el nazismo prohibía bajo un feroz toque de queda la movilidad de los judíos en Alemania, en Austria, en Polonia.
Hoy en la Europa totalmente coloreada en rojo bermellón, para indicar el avance del coronavirus y las medidas extremas de los gobiernos, ha vuelto a imperar el toque de queda, y una nueva palabra sustituye el toque de campana que recordaba a las ánimas del purgatorio: confinamiento, que en teoría restringe la libertad de movimientos «desde el ocaso hasta el alba», para impedir la propagación del virus, que sigue al acecho campando a sus anchas por calles y plazas, sembrando el país de miles de muertos.
El estado de alarma resulta alarmante y está vigente en principio hasta el mes de mayo, y es bajo ese contexto en donde se ubica el toque de queda que esta escribiendo las páginas cotidianas de la crónica de la impotencia que recorre España.
Crece en paralelo al covid, a la enfermedad, la fatiga pandémica, que genera un estrés insalvable con sus alertas de ansiedad y angustia que está afectando masivamente a la población, sorprendida por estar perdiendo la esperanza en el final de esta crisis salvaje.
Estamos en el toque de queda global, vislumbrando tibias señales que nos permitan adivinar dónde situar el final del túnel para ver la luz y cercar el virus. Aprendemos a vivir «de puertas adentro», mientras esperamos que con la primavera volvamos a poder abrir de par en par las ventanas y balcones del futuro inmediato.
Mientras tanto, nos estamos resignando a vivir desde el toque de queda los días y sus sombras, las noches y sus miedos, que nunca están construidos con calmas y quietudes, que es el significado académico de la palabra queda.