El asombroso «efecto Illa»

J. Hellín. POOL

Allá por marzo del año pasado, cuando percibimos el colosal tamaño de las orejas del lobo, un amigo que ocupa un alto cargo en Galicia me sondeó con una pregunta aviesa:

-¿Cuánto crees que resistirá el Gobierno ante esta plaga?

No respondí. Solo atiné a farfullar un «a ver, a ver» a modo de aplazamiento. Era una pregunta retórica: ambos intuíamos, uno como deseo y otro como fatalidad, que el Gobierno recién estrenado tenía los días o los meses contados. Salvo milagro. Las catástrofes, hasta entonces, segaban vidas humanas y causaban destrucción, pero también, de paso, fulminaban a los gobiernos que lidiaban con ellas.

Once meses después, para pasmo y asombro del observador, el ministro situado en el ojo del huracán no solo salió indemne, sino que todos le reconocen mayor tirón electoral que a quienes veían el vendaval desde la barrera. Todos, amigos, adversarios y enemigos, asumen que existe el «efecto Illa». Lo dicen las encuestas. Lo cree Sánchez, que por eso ha enviado a su ministro al polvorín catalán, y lo creen sus socios, quienes reconocen que la decisión dañará sus opciones. Pero también lo asumen la derecha y los nacionalistas: por ese motivo, para rebajar o diluir el «efecto Illa» que dan por hecho, arrecian en sus descalificaciones del ya candidato.

No existen precedentes de un fenómeno similar. Hasta ahora, cuando las trompetas llamaban a elecciones, el partido del Gobierno sacaba a la palestra a sus mejores viajantes de comercio, agentes de cara risueña y palabra fácil que vendían logros y promesas. No al hosco ministro de Hacienda, que venía de esquilmarnos el bolsillo, ni al oscuro ministro de Sanidad que nada pintaba. Pero sí al titular de Fomento que se hartaba de cortar cintas hasta el día de autos. O al de la Seguridad Social, pico de oro que te explicaba cuánto te había subido la pensión. Pero nadie había osado situar, como cabeza de cartel, a un gobernante teóricamente chamuscado por la crisis. El propio Zapatero se hizo a un lado para dejar paso a Rubalcaba. Hasta que llegó Sánchez y, en medio de la pandemia más atroz del siglo, colocó a Illa en el escaparate central.

Comprendo, por lo inédito del caso, el desconcierto de la oposición. Si la gestión de Illa era nefasta, incluso «criminal» a decir de Vox, ¿cómo es posible que su figura, a priori condenada al ostracismo en un ministerio de adorno, se haya convertido en un importante activo electoral? ¿Cómo se puede transformar la pira de la hoguera en un trampolín de proyección pública?

El «efecto Illa», por lo que supone de aceptación popular, se ha convertido en un misterio para los politólogos que detestan al personaje. Un enigma de difícil resolución, porque solo les ofrece dos salidas: o bien reconocer que se han equivocado en la valoración del ex ministro y de su papel en la pandemia, o bien atribuir el error a la gente que, tal vez alienada según los cánones marxistas, ha creado el «efecto Illa» con su apoyo. Son las únicas respuestas posibles al enigma que ellos mismos se plantean: ¿por qué las víctimas respaldan a su verdugo?

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