No es infrecuente leer o escuchar en los medios de comunicación, en respuesta a los reproches dirigidos al Gobierno por su funesta gestión de la pandemia, una airada diatriba frente a quienes -se dice- pretenden sorber y soplar al mismo tiempo, es decir, criticar al Ejecutivo por haber actuado con prepotencia y censurarlo, paralelamente, por haberse limitado a contemplar como un espectador externo la lucha contra el virus.
Quienes así razonan hacen trampa, pues olvidan, o fingen olvidar, que el Gobierno no ha tenido una sola estrategia contra el covid-19 sino dos, dirigidas ambas no a la defensa de los intereses generales sino a aquello en lo que piensa, antes que en nada, Pedro Sánchez: cómo maximizar los beneficios y minimizar los perjuicios electorales de todas y cada una de sus decisiones.
La primera estrategia antipandemia del Gobierno se plasmó en el estado de alarma de marzo del 2020, que, obviando que el nuestro es un Estado muy descentralizado, concentró los poderes en manos del Ejecutivo nacional. La idea era entonces que la pandemia sería derrotada con un drástico confinamiento y que, tras ello, Sánchez rentabilizaría un éxito que quería para él solo. Por eso, cuando la primera ola remitió, Sánchez proclamó oficialmente «hemos vencido al virus» (es decir, lo había vencido él) y organizó una gran campaña de propaganda con el lema «salimos más fuertes» (es decir, salían más fuertes él y su partido). De ahí la presencia durante meses de Sánchez en TVE hasta un punto que, por abusivo, llegó a ser totalmente vergonzoso.
Pero, ¡ay!, contra los ingenuos cálculos triunfalistas del Gobierno, para su desgracia y la de todos, pasado el relajo veraniego, y como ya los especialistas se habían cansado de anunciar, el coronavirus mostró su fuerza destructiva, lo que convenció a Sánchez de dos cosas: de que aquello iba para largo y de que, por tanto, había que cambiar radicalmente de estrategia. Y dicho y hecho. Frente a la centralización que impuso cuando pensaba que iba a apuntarse el tanto de su vida, el presidente optó en el estado de alarma de octubre por todo lo contrario: fijar un marco general y poner en manos de las regiones toda la responsabilidad de lo que ya entonces se sabía sería una larga y dura batalla contra el virus. El Gobierno se quitaba de en medio y dejaba solos a los ejecutivos autonómicos, que, como ayer el gallego, se han visto obligados a ir endureciendo una lucha que están afrontando en plena soledad.
Por si quedaba alguna duda de que la estrategia del Gobierno ha sido de un ventajismo y una irresponsabilidad inconcebibles, ahí está su apuesta catalana: enviar en pleno descontrol de la pandemia a competir en Cataluña a su ministro de Sanidad (un gran ministro, según Sánchez) y negarse a permitir adoptar a las regiones ninguna medida sanitaria que hiciera peligrar la celebración el 14-F de las elecciones catalanas. Porque ahí, y no en la lucha contra la pandemia, es en donde llevan meses concentrados Sánchez, el PSOE y el PSC.