Edicto perpetuo


Por causa que todos sabemos, este ha sido un año de bandos y edictos oficiales a todos los niveles de gobernanza y de redes sociales campando descontroladas por los fueros de Internet. Aparte del deterioro sanitario, económico y social padecido, se suma el daño al constatar que todos mienten a cara descubierta y calzón bajado. Este hallazgo ha abundado en el enfrentamiento social que ya no es solo entre progres y fachas, derechas o izquierdas, sino entre crédulos obedientes a pies juntillas y negacionistas que nunca sabes si lo son de la verdad o la mentira.

No se asusten que algo parecido nos pasó allá por 1756 bajo el reinado de Carlos III, un Borbón ilustrado que se horrorizó por la suciedad y miseria de las calles de Madrid y decidió iluminarlas construyendo fosas sépticas y alcantarillado. Pero se equivocó delegando en su valido, Leopoldo Esquilache, un italiano fino que subió el precio del pan hasta hacerlo inasequible para la mayoría.

El pueblo aguantó esa penalidad hasta que Esquilache se sacó de la manga un edicto encaminado a limpiar también las calles de malhechores: «Quiero y mando que toda la gente civil… y sus criados, que no traigan librea de las que usan, usen precisamente de capa corta (que a lo menos le falte una cuarta para llegar al suelo) o de redingot y de peluquín o pelo propio y sombrero de tres picos, de forma que de ningún modo vayan embozados ni oculten el rostro». No me digan que el mando no recuerda al lío de las mascarillas, los horarios, perímetros y confinamientos.

Lo paradójico de la historia es que aquel pueblo sucio y hambriento sumido en una crisis de miseria, aguantó mecha pero explotó cuando le quisieron acortar la capa y quitarle el sombrero de ala ancha. Entonces se amotinó. No me digan que no es análogo a lo que ha ocurrido cuando colgaron el edicto de prohibir el botellón, llevar la cara enmascarada o no salir de casa.

Igual de paradójico es ver que la gente no se indigne con la gestión de esta pandemia que abruma al personal con medidas cambiantes y efímeras, muchas veces contradictorias; con afirmaciones que descalifican las dichas dos días antes, con decenas de criterios diferentes y con un ojo vigilando siempre a la tabla electoral de multiplicar. Y sin embargo, cuando le quitan la juerga, se amotina en raves prohibidas, arcas de Noé y allegados, huidas transgresoras de jaula perimetrada y quemas de FPP2.

Nos sublevamos más contra el detalle que contra las razones inútiles de los edictos. Esquivamos el miedo recurriendo a la negación. No protestan contra el mercadillo de vacunas sino sobre su verdad.

Fatal.

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