Las vacunas no pueden esperar a Illa


Llevamos diez meses utilizando instrumentos prácticamente medievales para luchar contra el virus del covid-19, sin más arma realmente efectiva que la de encerrar a cal y canto a los ciudadanos en sus casas para que no se infecten unos a otros. Como en los tiempos de la peste. Hasta ahora, lo único que hemos hecho es dar palos de ciego. Sin otra estrategia posible que la de tratar de escondernos para que no nos alcancen las balas del enemigo, a lo máximo que hemos podido aspirar es a huir despavoridos de una carga mortífera tratando de reducir las bajas. Una indefensión que ha tenido un coste brutal en términos de pérdida de vidas humanas, de secuelas permanentes para los infectados y de ruina económica para todo el país. Y en el preciso momento en el que por fin tenemos al menos un candil para alumbrar el camino, es decir, cuando llega la vacuna y nos enfrentamos al gigantesco reto sanitario y logístico de inyectar ese remedio científico a todos los ciudadanos en el menor tiempo posible, con igualdad de trato en todos los territorios y sin discriminaciones, el máximo responsable de la sanidad anuncia que abandona el cargo para ser el candidato de un partido y aspirar a presidir una de las diecisiete comunidades.

La valoración sobre la irresponsabilidad y el oportunismo político que está detrás de esa decisión es algo que queda al criterio de cada uno. Pero lo que resulta incuestionable es que quien anuncia que se baja del barco en el momento clave de la vacunación, cuando tenemos las peores cifras de contagios desde el inicio de la pandemia y cuando el virus mata a una despiadada velocidad de más de 400 españoles al día, no debería seguir un minuto más como ministro de Sanidad. España se encuentra en una emergencia nacional gravísima. Y, por eso, es inaceptable que el máximo responsable frente a la pandemia compatibilice su cargo con su campaña electoral personal.

¿Quién puede garantizar ahora que las decisiones de Illa obedecen solo al interés general y no al de su candidatura? La única prioridad de la Administración central, autonómica y local debe ser acelerar la velocidad de la vacunación poniendo todos los medios y fondos necesarios para alcanzar cuanto antes una inmunización de rebaño que, al ritmo actual, no llegaría hasta el 2024, condenando a España a tres años más de mascarilla, muerte y contagio, e implicaría una destrucción brutal de todo su tejido empresarial y la práctica aniquilación del comercio. Ante ese desafío histórico, Illa no solo se borra del mapa cuando se demuestra que la campaña de vacunación es de momento un absoluto desastre que desmiente todas las previsiones del Gobierno, sino que se ha quedado colgado de la brocha ante el más que probable aplazamiento de las elecciones en Cataluña. El ministro de Sanidad, que debería ser el más prudente, es ya el único candidato que, por su interés personal, defiende que los comicios autonómicos se celebren en el punto más alto de la pandemia. Algo que solo confirma su conflicto de responsabilidades y la necesidad de que dimita. Con elecciones, o sin ellas.

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