Nunca enfades a quien te da de comer


A comienzos de junio empezamos a celebrar nuestra victoria. La anunció Pedro Sánchez, general en jefe que por entonces ostentaba el mando único: «Hemos derrotado al virus». Se engañaba y nos engañaba. En octubre, después de los festejos veraniegos, con el arco del triunfo todavía a medio construir, se planteó la segunda batalla. Con fuerzas exhaustas -las tropas también se fatigan- y además con un condicionante: había que salvar al soldado Ryan.

El lema de salvar vidas se sustituyó por el de salvar la Navidad. Todos los dirigentes al mando abrazaron con fervor la nueva consigna. Los que defienden el flanco derecho, de forma manifiesta: el estado de alarma, si se prolongaba hasta mayo como pretendía la Moncloa, se cargaría las Navidades. Los de la banda izquierda, de manera implícita: el Gobierno relajó las restricciones, aunque delegó en cada autonomía la potestad de ampliarlas, también con el loable propósito de salvar la Navidad. «Lo hemos pasado quizá demasiado bien», dice Fernando Simón. Quizá, no es seguro. Lo cierto es que con el turrón engordamos la tercera ola de la pandemia, de mayor dimensión y más destructiva que las precedentes, y desparramamos el virus al tiempo que descorchamos la botella de champán.

Y ahora, en medio de la atroz resaca, solo nos queda practicar nuestro deporte favorito: repartir palos y culpas. ¿A quién responsabilizamos de este enero negro? En esta ocasión, nuestros próceres no saben contestar, porque todos fueron cómplices del relajamiento de las normas y todos, por acción u omisión, compartían la misión de salvar la campaña de Navidad. Sánchez podía haber suspendido las fiestas navideñas en España o Feijoo haber hecho lo mismo en Galicia. Estaban avisados y no lo hicieron. Al contrario, ampliaron la movilidad y establecieron erráticos baremos para facilitar el reencuentro de familias y allegados. Anularon así la posibilidad de descargar en el otro la responsabilidad de la catástrofe anunciada. La culpa fue entonces del chachachá.

Lo cierto es que ningún gobierno se atrevió a suspender la santa tradición, entrañable y arraigada en nuestras vidas, por temor a la reacción popular. Nadie gobierna para contrariar a los gobernados. Nunca enfades a quien te da de comer o a quien te tiene que votar. Solo líderes con carisma o talla de estadistas son capaces de remar a contracorriente y de persuadir al ciudadano de la necesidad de sacrificios. Pero esa especie está extinguida en la España actual.

Cegada la posibilidad de externalizar responsabilidades, ahora solo cabe la disculpa aderezada de ignorancia. Como la autocrítica de Feijoo: visto en retrospectiva, deberíamos haber endurecido las medidas. O en versión de Fernando Simón: las medidas eran adecuadas... «con la información que teníamos». Cabe también, en una pirueta de alas cortas, culpabilizar del desastre a la irresponsabilidad de los ciudadanos. Les dimos el dedo y se tomaron la mano. Como si la partitura y el director de orquesta nada tuviesen que ver con el concierto del caos.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
38 votos
Comentarios

Nunca enfades a quien te da de comer