Un bisonte en el Capitolio


Cuando me informaron de que el Capitolio había sido asaltado, me vino de inmediato a la cabeza el 11-S, una nueva, trágica y mediática acción terrorista. Cual fue mi sorpresa al ver que los asaltantes eran simples ciudadanos, entre los que se erigió como símbolo del asalto un peculiar arizoniano disfrazado de bisonte. Sus imágenes en el Capitolio son ya parte del libro negro de la infamia de la democracia. 

El bisonte se convirtió en símbolo nacional de EE.UU. con Obama y llegó a ocupar la mesa presidencial del Senado con Trump, quien también es un símbolo para muchos. La encuesta de YouGov citada por La Voz revela que el asalto al Capitolio es apoyado por un 43 % de votantes republicanos. Eso serían 32 millones de los simpatizantes de Trump.

El asalto al Capitolio, sede de la única democracia con casi 245 años de historia del planeta, fue una tragicomedia con cinco víctimas mortales, inexplicable en clave de seguridad. La mayor potencia militar del planeta se vio doblegada por una turba de gente frente a la que la policía se defendió, literalmente, a palos. Las imágenes de un agente blandiendo su porra y retrocediendo ante los manifestantes quedará también para la historia negra de la seguridad de EE.UU.

En clave democrática, lo importante es la decisión que se tomó ese día en el Capitolio, confirmando la victoria demócrata en la Casa Blanca y en el Senado. Así, los demócratas concentran el poder ejecutivo y legislativo, básico para desarrollar políticas internas e internacionales. Que se lo digan a Woodrow Wilson y al mundo cuando el Senado de mayoría republicana no apoyó la entrada de EE.UU. en la Sociedad de Naciones, debilitando a la primera organización para defender la paz mundial.

Por encima del bisonte y del águila calva, el mayor símbolo de Estados Unidos es la democracia, un bien muy escaso en el mundo. Según el Democracy Index 2019, solo 22 Estados, en los que viven apenas 430 millones de personas, pueden ser considerados democracias plenas.

El bisonte sobrevivió desde la edad de hielo hasta nuestros días, mientras Trump es una especie política en extinción, aunque su legado de destrucción de la democracia seguirá tan presente en EE.UU. como en líderes populistas de todos los continentes. Pero no todas las democracias son tan fuertes como la de EE.UU. Sin mirar a nadie.

Por Jorge Antonio Quindimil Profesor de Derecho Internacional Público y de la Unión Europea

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