Adiós al Freire


Los periodistas y columnistas de mi edad o mayores lo recordarán: aunque parezca imposible, hubo un tiempo en que no existía Internet, y si bien ya había fax, casi nadie tenía uno en casa. De modo que era habitual que los reporteros dictasen sus crónicas por teléfono y que los colaboradores enviásemos a veces nuestros artículos por el coche de la línea. Como durante unos años yo vivía en Santiago y escribía para un periódico de Lugo, y luego viví en Lugo y escribía para un periódico de Santiago, tengo una deuda impagable con los chóferes de la empresa Freire. El procedimiento era gratuito y extraoficial, y estaba más en la tradición del favor y el recado enviado por un propio que en la línea de negocio de la mensajería. Simplemente, te ibas a la estación y le dabas un sobre marrón con la columna al conductor, que lo llevaba en el salpicadero junto al San Cristóbal, el «papá, no corras» y el recibo del diésel.

Por eso me apena enterarme ahora de que el Freire desaparece. La empresa seguirá en el transporte escolar, pero la ruta Lugo-Santiago-Lugo, que era su emblema, la hará bajo el nombre de otra empresa. Y en el universo sentimental de los coches de línea, el nombre lo es todo. Quizá sobre todo en Galicia, donde la línea, por antonomasia, es algo más que un medio de transporte. Es el hilván oculto que mantiene unidas comunidades y comarcas; es un lugar de reunión más, como el bar o el mercado; incluso es una medida del tiempo («antes de pasar o coche da línea» o «aínda non pasara o coche da línea»).

Esa intersección entre el rural y la línea se expresa muy bien en una anécdota que me contó Carlos Casares. Viajando en uno de estos autobuses en un día de calor sofocante, había presenciado cómo expiraba asfixiada una gallina que llevaba una paisana a la plaza, y cómo el conductor paraba en el arcén a efectuarle un sangrado de urgencia a la volátil para que no se le pusiera mala la carne.

No es extraño que Otero Pedrayo, estableciendo un orden de prelación, llamase al avión «o Castromil do ceo».

Por eso quería escribirle yo una despedida al Freire; a este coche de la línea en el que algunos hemos pasado tanto tiempo. Mucho tiempo, ciertamente, porque hace casi cuarenta años, cuando yo era estudiante en Santiago, el viaje desde Lugo duraba más de tres horas. Viajaba allí un pintoresco contingente, una especie de sóviet de estudiantes y campesinos, pero sin sóviet: unos de camino de la Universidad y otros del mercado de Melide o el de Arzúa. Se subían peregrinos que, hartos de andar, hacían trampa, y señores que iban al médico a Santiago.

Yo en sus asientos me leí casi todo Shakespeare, charlé con un paisano que me explicó un truco para sembrar judías (que nunca he necesitado, pero que me alegro de conocer), y conservo el billete que me dieron una vez con el asiento infinito (en realidad, un ocho que al empleado de la taquilla le salió demasiado inclinado).

Recuerdo que se hacía entonces un pequeño desvío para ir a buscar al revisor a su casa, y este iba luego cantando zarzuelas todo el camino. Se arrancaba por El huésped del sevillano y a la altura de Palas ya iba por Katiuska.

Los autobuses ya no son así, claro está, ni pueden serlo, y estas cosas, como la anécdota que contaba Carlos Casares, forman parte de un mundo de otro tiempo y de un tiempo de otro mundo. Rumbo a ese limbo de los recuerdos ha partido el último Freire, y yo le digo adiós con la mano, como todavía nos decían adiós los niños de las aldeas por las que pasábamos entonces, cuando la línea era todavía un pequeño acontecimiento.

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Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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