Abortado, pero todo un golpe de Estado

Un seguidor de Trump en el Capitolio
Un seguidor de Trump en el Capitolio

El asalto al Capitolio ha sido un intento de golpe de estado. No hay por qué disimular las palabras. Un golpe civil y sin ejército detrás, pero un golpe de estado. Creo que no se puede calificar de otra forma la irrupción violenta de un grupo de cafres en la sede del Congreso y el Senado con la finalidad de impedir la ratificación del presidente electo de Estados Unidos. Y menos todavía si esa insurrección, como la definió Joe Biden, estuvo alentada por el jefe del Estado saliente. La actitud de Trump, incluso desde antes de las elecciones, fue la de sublevar a sus bases con el argumento del fraude. La manifestación ante el Capitolio fue alentada por él. Y no hubo un discurso, una declaración o una comunicación a través de las redes sociales que no hablase de «robo».

Las razones solo él las conoce, pero oscilan entre su endiosamiento supremacista y el miedo a las actuaciones judiciales que le esperan al dejar la Casa Blanca.

Primera conclusión después del intento de golpe: el señor Trump está teniendo el final de mandato más penoso que se puede imaginar. Queda como un presidente indigno y golpista que solo garantiza una transición ordenada al comprobar que le abandona incluso su vicepresidente, que, con toda dignidad y lealtad a la Constitución, le desobedeció en el momento del pulso. Trump seguramente bajó la cabeza, aunque sin apearse del burro del fraude, ante el riesgo de ser formalmente destituido.

Segunda conclusión aplicable a todas las democracias: cuando un líder cultiva la polarización, la polarización se produce y deteriora gravemente la convivencia. Cuando ese mismo líder u otro sugiere o incita a la rebeldía contra las instituciones, la Constitución o el simple relevo en el Gobierno, nunca falta un grupo de fieles que le sigue, le obedece y está dispuesto a cualquier acción, violenta o no. En el caso del asalto al Capitolio, sabemos cuántos han participado, pero ignoramos cuántos de los setenta millones de votantes de Trump estarían dispuestos a participar o de hecho aplaudieron la asonada. Los energúmenos de Washington han sido y pueden ser el germen de una confrontación en cualquier país.

Y tercera conclusión: el momento es propicio, como ayer se demostró, para multitud de provocaciones partidistas. Hemos visto y escuchado a portavoces de distintos partidos políticos que trataron de encontrar trumpismo en sus adversarios: los de extrema derecha en los de extrema izquierda y viceversa. Pueden tener razón o no, pero el resultado es que se importa a nuestro país la misma polarización que llevó a los tristes sucesos de Estados Unidos.

Ya había muestras suficientes y alarmantes en el debate político ordinario -no hay más que ver las sesiones de control de los miércoles en el Congreso- para que ahora le añadamos este. Cuidado con ese discurso de agresiones. Cala fácilmente -y peligrosamente- en la sociedad.

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