E l PP exigía su dimisión inmediata por lo que consideraba incapacidad manifiesta. Ahora, que ya se va a ir para ser candidato a la presidencia de la Generalitat, lo acusan de abandonar Sanidad en vísperas de una tercera ola devastadora. Siguiendo su lógica, deberían estar felices de que se marche. Pero, al contrario, están preocupados. Su número dos, Teodoro García Egea, asegura que ha utilizado su «nefasta gestión» como escaparate. ¿Cómo? Si su gestión hubiera sido peor que mala, como argumenta, utilizarla como escaparate no parece una buena idea. Se puede y se debe ser crítico con la actuación de Salvador Illa. Pero lo que solo los más intransigentes pueden negar es su comportamiento ejemplar. Educado, sobrio, serio, dialogante, moderado, con contadas meteduras de pata (muchas menos que, por ejemplo, Fernando Simón), la antítesis del carisma, era el ministro con cara de palo, sin estridencias ni concesiones a la frivolidad, que se necesitaba en una situación catastrófica, porque transmitía serenidad en medio de un asfixiante ambiente de crispación creada por la oposición. A las continuas provocaciones de Ayuso ha contestado con mesura, sin devolver sus furibundos ataques. No ha entrado en la refriega política e incluso ha elogiado a sus adversarios. Paradójicamente, la mayor crisis sanitaria que se recuerda en lugar de destruirlo políticamente lo ha reforzado. ¡Es el segundo ministro mejor valorado! Por algo será. Otra cosa es que abandonar ahora el ministerio sea una buena decisión. Su candidatura es una gran noticia para el PSC, muy mala para sus oponentes electorales en Cataluña y es más que dudoso que sea positiva para España en este momento crítico.

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